Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Primera parte
Capítulo 1
"La iluminación camino de Cuernavaca" y el "alumbramiento" de Cien años de soledad
"Alumbramiento", "iluminación", esas son las palabras adecuadas para fijar, según los mitos y leyendas, el momento y el lugar en los cuales "nació" Cien años de soledad, la novela que Gabriel García Márquez, según también la historia y las leyendas, engendró y gestó desde los tiempos de su primera juventud, como lo dice Carlos Fuentes:
"[...] que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses" (1).
Establecer ese momento y lugar de "alumbramiento"e "iluminación" es primordial para demostrar que, en la gestación y "nacimiento" de Cien años de soledad, se hicieron presentes, participaron y contribuyeron algunos elementos que han permanecido secretos y en el misterio y los cuales fueron asimilados por Gabriel García Márquez en los años previos de su permanencia en México, antes de encerrarse a escribirla durante esos catorce meses y todo lo cual fue ocultado, deliberadamente, tras una "estratagema" urdida por Gabriel García Márquez, su esposa Mercedes Barcha y Carlos Fuentes.
Desvelar y descifrar ese misterio y ese secreto es posible ahora, porque, las pistas y claves para hacerlo que estaban desparramadas por el inmenso aparato bio-bibliográfico sobre Gabriel García Márquez, nunca antes habían sido expuestas, aunque herméticas y codificadas, de manera conjunta, consistente y congruente, como lo hizo Carlos Fuentes en su discurso en la ceremonia de homenaje a los ochenta años de Gabriel García Márquez y a los cuarenta años de la publicación de Cien años de Soledad, realizado en Cartagena (Colombia), en abril 24 de 2007, cuando contó su propia versión de una anécdota ya ampliamente conocida:
"Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?
Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad -ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en el que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: "Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme" (2).
Nada extraño, en apariencia. Era la rememoración que Carlos Fuentes hacía de un viejo suceso, ya convertido en leyenda, para compartir un emotivo momento.
Lo extraño fue que, tanto él como Gabriel García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, celebraran el cuento con el alborozo y la complicidad de muchachitos que comparten un gran secreto. Un alborozo de risas y sofocos y sonrojos y gestos de complicidad un poco exagerados y salidos de tono. A primera vista, me pareció que era la consecuencia natural de la emotividad del homenaje.
Sin embargo, al prestarle mayor atención al conjunto de todos los eventos que transmitía la televisión, caí en cuenta de que, en el resto de los actos, ellos se portaron con gran solemnidad y seriedad, así se recordaran situaciones de gran emotividad. Esa discrepancia me hizo pensar que allí había sucedido algo raro y recordé el viejo refrán árabe: "si tienes algo que ocultar, ocúltalo bajo el sol" y por eso busqué bajo el sol y descubrí que había sido Mercedes Barcha quien urdió una "estratagema" secreta para ocultar, tras un mito literario, el "nacimiento" y la escritura de Cien años de soledad. Un plan con un guión cinematográfico elaborado con precisión deliberada, como lo demostraré de aquí en adelante.
Como ya estaba concentrado en los asuntos que ya relaté en la introducción, le di rienda suelta a mi imaginación poseído por mi daimón de la certeza/duda. Si alguna cosa había aprendido, en todos mis años de lecturas, es que en la literatura nada es literal ni es inocente. Todo significa lo que significa... y, además, puede significar infinidad de otras cosas.
Ese discurso era el texto de un literato, en todo el sentido de la palabra y, además, era un texto en el que se ocultaba un enigma, un secreto que era necesario descifrar, desencriptar, desvelar. Por estas razones, era posible leerlo en todos los niveles de interpretación, sentido y dirección, aplicando, para ello, aquellas herramientas disponibles para la imaginación y la razón: inducción, deducción, abducción, mucho de fantasía, de malicia y el “furor de la imaginación”.
Por esa razón, lo que voy a contar a continuación se interpreta como se interpreta o como se quiera interpretar.
Como ya lo dije, al hacer una lectura inspirada del discurso ya publicado y separándolo en partes, como si se tratará de los distintos movimientos de una obra musical, tres de esas partes se apartaban del conjunto y se conectaban entres sí, como una aporía que, sin dejar de pertenecer al sentido del conjunto, su tono se percibía extraño y, entre ellos tres, conformaban otro sentido, un "algo más", un código secreto y hermético que oculta otros niveles de significación, al fin y al cabo, eso es literatura.
Ese era un "algo más" que conectaba las partes de una historia en el gigantesco y hermético mural de sombras cuyas pistas y claves estaban expuestas y conectadas en cada una de esas historias que Carlos Fuentes contó sobre Gabriel García Márquez y Cien años de soledad: sobre el cine mexicano, los viajes, la llegada a México, sus amistades con los intelectuales, el inicio de la amistad con Carlos Fuentes y de los antecedentes sobre su obra, el grupo de amigos, la opinión de Mitterrand, el periplo literario de Gabriel García Márquez desde Aracataca hasta México, el descubrimiento de la identidad mexicana, Kafka, el viaje a Acapulco, Europa, el surrealismo, la correspondencia y la escritura de Cien años de soledad, la carta a Julio Cortázar.
Cada una de estas historias es un signo o un símbolo o un código con significados propios, literales o herméticos, y entre todos, cuentan una historia que se inventó para ocultar la verdadera historia.
Para empezar a descifrar ese código hermético, como es corriente al desencriptar un enigma, tomé las tres partes que, en principio, me ofrecían mayores facilidades y posibilidades de identificar y conectar.
Por ello, hice esa separación de tres partes y tomé de ellas los elementos que estaba seguro, era posible identificar y conectar con elementos ya conocidos y empezar a descifrar.
Ellos eran: Primero, la anécdota propiamente dicha. Segundo, esa anécdota estaba precedida por el relato referido al ámbito kafkiano del México de la época, que ya descifraré y explicaré en el capítulo siguiente. Y, tercero, era el relato de la historia de lo que ocurrió, algún tiempo después, cuando Carlos Fuente viajó a Europa y de la correspondencia que mantuvieron él y Gabriel García Márquez durante el tiempo que duró la escritura de Cien años de soledad, en la cual, para desespero de los biógrafos, gratuitos y oportunistas, deben estar consignados buena parte de los secretos y misterios de esa escritura.
Para justificar esta delirante lectura y la consecuente interpretación hermética de ese discurso, es necesario aceptar que, dado lo que más adelante voy a explicar, esa anécdota, conectada con los relatos anterior y posterior y el resto del texto, si se la mira bien, dentro y fuera de contexto, deja de ser un simpático cuento para pasar a convertirse y poder interpretarse como una notoria pero extraña clave sobre el misterio y el secreto que se oculta tras el cuento del momento en el cual, se supone, Gabriel García Márquez fue golpeado por un rayo sobrenatural que lo iluminó y la posesión que lo obligó a dedicarse a escribir, de un sólo tirón y por catorce meses continuos, Cien años de soledad.
Como bien se puede comprobar, la anécdota misma tiene su propia y extraña historia. Son varias y variadas las versiones sobre ese momento extraordinario y mágico, tanto del propio Gabriel García Márquez como de otros, las qué y cómo se sabe, más que servir para esclarecer, se las usa para despistar, dar tema, crear polémica, poner a los periodistas y críticos -tan serios ellos- a precisar las fechas exactas de ese Génesis bíblico o el apocalíptico fin del mundo. O, simplemente, para mamar gallo y ocultar la verdad, que es la que mejor se corresponde tratándose de Gabriel García Márquez.
Una versión de esa anécdota es citada por Dasso Saldívar:
"[...] de pronto, mientras conducía su Opel blanco con su familia desde ciudad de México hacia Acapulco, vio claro cómo debía escribir La casa de marras, convirtiéndola en una mansión habitable, y una noche de mediados de 1965 en que Álvaro Mutis y su entonces novia Carmen Miracle fueron a visitar a los García Márquez en su casa de San Ángel Inn, el escritor le dijo a su amigo, como si acabara de ocurrírsele: "Maestro, voy a escribir una novela. Mañana mismo voy a empezar. ¿Se acuerda de aquel mamotreto que nunca le mostré y que le entregué en aeropuerto de Techo en enero de 1954 para que lo metiera en la cajuela del coche? Pues es ésa, pero de otra manera. Y, en efecto, al día siguiente empezó a trabajar en Cien años de soledad" (3).
Pero, esa anécdota, dadas las circunstancias, personajes involucrados, la ocasión y la íntima relación de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, no es ni inocua ni casual, tiene todos los elementos para ser más que eso. Es un guiño o un acuerdo secreto entre ellos para mostrar una pista o clave de un verdadero misterio que ya se anuncia en Bajo el volcán:
"[...] recordó aquel viaje en auto con Yvonne y el Cónsul a lo largo del lecho del lago, antaño cráter de un inmenso volcán, y nuevamente contempló un horizonte desvanecido en el polvo, los autobuses que zumbaban en medio de las tolvaneras" (BV: cap. I, p. 31).
Que no es otro que el misterio del sentido y del contenido sobre ese momento y lugar del “nacimiento” y la posterior escritura de Cien años de soledad.
Ya conté en la introducción las circunstancias que rodean este cuento, así que ahora voy a dar una explicación más formal y amplia de los asombros y delirios y el trance que me provocó mi hipótesis descabellada.
Pido disculpas si hasta el momento he dado la impresión de estar todavía en ese trance delirante, por considerar extraños los eventos y sucesos de un homenaje que fue emotivo, si, pero macondino, como si se tratara de algo "real maravilloso" o "realismo mágico", esos conceptos literarios tan novedosos y celebres de aquella época gloriosa de la literatura latinoamericana de la que Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez fueran precursores y paradigmas.
Es que las cosas tienen que ser así, porque, estos ya maduros y famosos escritores, habrán cambiado en muchas otras cosas, pero continúan siendo "genio y figura", un par de alegres y geniales compadres, cómplices en su amistad y en su literatura y, como ya lo dije, un par de muchachitos que se ríen en la cara del mundo recordándose sus secretos y misterios, como lo hicieron, impunemente, ese 24 de abril en Cartagena.
Si la cosa era en ese tono, había que meterle malicia al asunto. Así que, dueño de mis primeras sospechas e intuiciones, tenía que buscar y encontrar un elemento con suficiente peso que me permitiera probar y demostrar mi hipótesis descabellada, a partir de esos indicios de alegre y aparente mamagallismo que, al tiempo que ocultaba, desvelaba.
Con irónico humor e invocando a la genial visión deductiva de un Sherlock Holmes, me puse a buscar el "corazón delator", ese que, no podía ser de otra forma, tenía que estar oculto en la anécdota misma y empecé por esta lógica: comparé la versión de la anécdota contada por Carlos Fuentes con la versión contada por Mercedes Barcha.
¡Oh!, ¡maravilla de maravillas! Allí estaba ese "corazón delator".
Si quería demostrar que de las entrañas de Bajo el volcán emerge una gran masa telúrica que contribuye a la gestación de Cien años de soledad, tenía que encontrar el lugar y el momento en los cuales había ocurrido aquel fenómeno cuando "Gabriel García Márquez se transformó", porque esas eran las claves en las que Carlos Fuentes fue más insistente en su discurso y, descifrarlas. Esa era la primera clave necesaria para demostrar que mis hipótesis descabelladas eran descabelladas y delirantes, pero ciertas.
Esas claves tenían que estar ahí, en dos lugares geográficos o ¿literarios?, entre la mención específica de "los precipicios del Cañón del Zopilote", y la respuesta a la última de las preguntas que se formula Carlos Fuentes y en la cual menciona "una fonda de Tres Marías":
"¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?" (4).
Encontrar el "Cañón del Zopilote" en la orografía mexicana fue labor imposible y, si bien, no dudo de que pueda existir el tal cañón en la carretera México-Chilpancingo-Acapulco, resultó siendo, más que un lugar orográfico, otro "corazón delator", un lugar "real maravilloso", en el que se encontraba otra de las pruebas para mi hipótesis descabellada, pero que, al mismo tiempo, era un lazo de la conexión primordial entre Bajo el volcán y Cien años de soledad, como lo demostraré más adelante.
La que sí fue tarea fácil, encontrar a Tres Marías. Resulta que Tres Marías es un pequeño pueblo que se encuentra unos pocos kilómetros antes de Cuernavaca, cuando se viaja por carretera de Ciudad de México hacia Acapulco.
Ese sí que era el punto clave, ahí estaba el "corazón delator" que me permitía gritar ¡Eureka!
Mercedes Barcha cuenta la misma anécdota, pero, a diferencia de Carlos Fuentes, ella menciona un dato revelador, porque precisa que ese evento ocurrió durante un paseo familiar a Cuernavaca y con el dato adicional de que viajaban todos en automóvil, un Opel blanco que tenían en esa época. Algo similar a lo escrito por Malcolm Lowry en Bajo el volcán:
"Bajando por las curvas de Tres Marías en el Plymouth, viendo allá abajo en la lejanía la ciudad entre la bruma, y luego la ciudad misma, los hitos, tu alma pasó arrastrándose junto a ellos como si pendiera de la cola de algún caballo desobocado- cuando volviste aquí…" (BV: cap. III, p. 113).
Al confrontar los datos con los de Carlos Fuentes, se puede deducir que los dos concuerdan, con distintas palabras, en señalar el mismo lugar y el mismo momento.
Si tal paseo familiar se realizó realmente, no es desatinado sugerir y abducir que, durante el mismo, los García Márquez visitaran los lugares turísticos dedicados a Malcolm Lowry y a Bajo el volcán, incluidos los jardines, el palacio de Maximiliano, el Hotel Casino de la Selva, "La Selva", “La barranca", en fin, quizás por el interés que Gabriel García Márquez ya tenía en ese tiempo por el escritor y la novela.
Se puede afirmar qué, si concuerdan los datos de la misma anécdota contada por personas diferentes, el evento que las origina tiene un fundamento lógico y real. Si. Esos son métodos de investigación y comprobación que utilizan los estudiosos de la historia, la literatura y otras disciplinas.
Se puede afirmar, de igual forma, que la reiterada coincidencia de estos dos testigos, íntimos del protagonista, sobre el momento y la localización exacta del lugar del "nacimiento" de Cien años de soledad en Cuernavaca, más que afirmar la ocurrencia real del evento en ese sitio, así como del evento mismo, a lo que se refiere es a un asunto relacionado, pero de otra naturaleza, como ya desvelaré.
Invocando ahora aquellas herramientas de la lógica, mencionadas atrás, puede deducirse y abducirse que esa anécdota es fundadora de un mito, el cual puede ser analizado, interpretado y dotado de sentidos tanto por la posible objetividad de la ocurrencia del evento como por las conexiones y correspondencias que se puedan establecer con aquello que se oculta: las causas y los asuntos que provocaron la invención de ese cuento.
Este tipo de juegos herméticos, en los que se trata de encriptar una referencia particular por medio de alusiones o alegorías o analogías, se desvelan cuando las claves se muestran obvias y claras y, por lo tanto, es posible desencriptar, descifrar y desvelar, el asunto, aun desconociendo los motivos por los cuales se lo quiso ocultar.
Lo que conduce a otra condición: este tipo de ocultamiento se hace para compartir un secreto con otros iniciados y desviar la atención de los no-iniciado con un propósito específico, pero, al mismo tiempo, como el reconocimiento de que el asunto, tarde que temprano, será descubierto y que no es un secreto indecible.
Hechas las anteriores explicaciones, ahora ya podía disfrutar de mis descubrimientos:
Había determinado el momento y el lugar exactos en donde se sucede el evento en que ocurrió el "nacimiento" de Cien años de soledad y había descifrado la clave que permiten establecer las misteriosas conexiones y correspondencias de esa novela con Bajo el volcán:
¡Cuernavaca!
Pero, ¿por qué Cuernavaca? y ¿qué tiene que ver Cuernavaca con toda esta historia?
La historia es breve, así no sea nada sencilla en sus causas y consecuencias:
Malcolm Lowry escribió durante su permanencia en Cuernavaca, entre 1937 y 1939, un primer cuento, titulado: Bajo el volcán, el cual dio origen a la primera versión de la novela, también empezada a escribir allí mismo. Igualmente, en esa célebre ciudad mexicana es donde se inspiran buena parte del ámbito y de los escenarios del cuento y la novela.
Para Malcolm Lowry Cuernavaca tuvo extraordinarios significados tanto existenciales como artísticos. Varios de los motivos y lugares importantes de la novela son tomados del paisaje de la ciudad, los cuales era posible mirar desde aquella primera casa que habitó Lowry en esa ciudad durante su permanencia de 1937, tal y como lo describe Douglas Day en su biografía de Lowry:
"Más allá del hotel, al norte, estaba la gran "Selva" que en tiempos de los aztecas había recibido el nombre de Cuernavaca (el nombre náhuatl de la población era Quauhnáhuac) [...] Los alrededores eran espectaculares, aunque la casa no lo fuera; y el terreno era propicio para Lowry, el eterno simbolista: era como un palacio en ruinas sobre la superficie de la tierra, las mágicas montañas a lo lejos, alzándose como el Monte del Purgatorio hacia el cielo, y a los pies, aparentemente sin fondo y efectivamente feculento, el abismo [...] Pero si Lowry había estado buscando el bosque de símbolos de Baudelaire, con sus innumerables correspondencias, jamás podría haber encontrado un lugar más apropiado que Cuernavaca. Empezó a escribir casi de inmediato".
"En cosa de unas semanas había terminado ya un cuento que decidió llamar Bajo el volcán. Estaba dividido en tres partes iguales y tenía cerca de 7.000 palabras" (5).
Un paso más "allá". En el capítulo VIII de la versión publicada de Bajo el volcán se narra un viaje o paseo en el cual, Hugh, Yvonne y Geofrey Firmin, el Cónsul, van en un camión para asistir a una corrida de toros en Tomalín. Los profundos sentidos que Lowry le da a este capítulo y a este viaje están consignados en su carta a Jonathan Cape.
El capítulo VIII, como el resto de la novela y de los capítulos entre sí, está estructurado con una simetría de conexiones simbólicas, alegóricas y analógicas, muy precisas. Aun cuando no voy a descifrarlas ahora, si voy a llamar la atención sobre esos significados de la composición, porque ello contribuye a descifrar y conectar los elementos de la "estratagema" y la construcción de este guión o mecanismo de ocultamiento (el mejor homenaje a Lowry).
Al empezar a leer en la sexta página, un poco menos de un sexto del capítulo y del viaje (en la edición de la Colección Andanzas de Tusquets), aparece, en un recuadro destacado y en letras mayores, la palabra:
QUAUHNÁHUAC.
Estamos en Cuernavaca.
Dos páginas más allá, está la respuesta a las siguientes preguntas de Carlos Fuentes:
"¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo?".
La respuesta de Malcolm Lowry:
"En sus labios iba y venía una tenue y tranquila sonrisa que de cuando en cuando se paseaba con movimiento imperceptible como si, a pesar de los tumbos, el bamboleo y las sacudidas que sin interrupción impelían a unos contra otros, estuviese resolviendo un problema de ajedrez o recitando algo para sí" (6).
Casi cuatro páginas después, otro sexto más del capítulo y se encuentra la respuesta a la siguiente pregunta que se hace Carlos Fuentes:
"¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco?"
Porque allí Lowry escribió:
"Autobuses de extraños nombres -procesión proveniente de caminos vecinales- rozándoles avanzaban en dirección contraria [...]" (7).
Ya en las dos últimas páginas y en el último sexto del capítulo y cuando el viaje está llegando a su fin, aparece la otra respuesta a la otra pregunta que se hace Carlos Fuentes:
"¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote?".
Esta respuesta se divide en dos partes. La primera que explica lo de los precipicios:
"A la derecha se habría un abismo sin parapeto" (8).
La segunda que explica lo del "Cañón del Zopilote" y es el párrafo con el cual se cierra el capítulo:
"Incluso aquellos, pensó Hugh, que sin esfuerzo flotaban, elegantes, en el cielo azul por encima de sus cabezas: los buitres, "zopilotes", que sólo esperan la ratificación de la muerte" (9).
Estos zopilotes tienen que contribuir, todavía más, a la interpretación y a los significados de aquello que se oculta tras las palabras de Carlos Fuentes.
En su carta a Jonathan Cape, Malcolm Lowry, lo desvela:
"En cuanto a los "zopilotes, los buitres, añadiría que son mucho más que aves de cartón: en este lugar son una realidad; uno de ellos, por cierto, me observa mientras escribo y su mirada nada tiene de placentero: revolotean a lo largo de todo el libro y en el capítulo IX se convierten en un arquetipo, como el águila de Prometeo" (10).
Un zopilote (¿el aprendiz de brujo; Gabriel García Márquez?) mira mientras Malcolm Lowry escribe Bajo el volcán y continúa revoloteando por todas sus páginas para de allí salir transformado en "el águila de Prometeo", el escritor que le robó el fuego a los dioses y el poder a la escritura.
Hasta aquí la primera etapa de este viaje por las tinieblas de un misterioso secreto.
Se ha pasado por QUAUHNÁHUAC = Cuernavaca, se ha sentido poseído por un algo beatífico y creativo, se ha estado a punto de estrellarse, se ha sorteado el Cañón del Zopilote y se han encontrado esos zopilotes que se incorporan como co-protagonistas y como elementos simbólicos primordiales para Malcolm Lowry en Bajo el volcán y como demostraré, para Cien años de soledad.
Por toda esta demostración, ahora ya puedo afirmar que el mito del "nacimiento" de Cien años de soledad se localiza en QUAUHNÁHUAC = Cuernavaca, en el Cañón del Zopilote y, de esta manera, se han desenmascarado las primeras pistas y claves de la "estratagema" de los García Márquez y Carlos Fuentes y, con ellas, ya es posible empezar a desencriptar, descifrar y desvelar, los primeros elementos de ese mito por medio de una fórmula sencilla:
QUAUHNÁHUAC = Cuernavaca + estado beatífico + Cañon del Zopilote + Malcolm Lowry + Bajo el volcán = nacimiento de Cien años de soledad.
Aquí concluye el análisis e interpretación del primero de los tres movimientos que había aislado del discurso de Carlos Fuentes y clave para descifrar las conexiones y correspondencias entre Bajo el volcán, Malcolm Lowry y Cien años de soledad.
En el próximo capítulo me ocuparé de la "estratagema" de Mercedes Barcha, la tercera de las claves.
NOTAS
(1) El texto completo del discurso de Carlos Fuentes, titulado: Para darle nombre a América, fue publicado en la edición conmemorativa de Cien años de soledad, RAE, 2007, está cita: p. XXII.
(2) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América..., p. XIX.
(3) Dasso Saldívar, García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía, Alfaguara, Madrid, 1997 (611 p.), p. 430.
(4) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América…, p. XIX.
(5) Douglas Day, Malcolm Lowry, una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, pp. 244-245.
(6) Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Colección Andanzas, Tusquets, Barcelona, 1997, pp. 271-272.
(7) Malcolm Lowry, Bajo el volcán..., p. 274.
(8) Malcolm Lowry, Bajo el volcán..., p. 287.
(9) Malcolm Lowry, Bajo el volcán..., p. 288.
(10) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios, Tusquets, Barcelona, 1984, p. 54.
16 de agosto de 2008
Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Primera parte
Capítulo 2
Las entrañas de un mundo kafkiano, Somerset Maugham, barranca y zopilotes
Desde antes a 1964, Malcolm Lowry y su obra en inglés eran lectura "de culto" para aquellos intelectuales mexicanos que dominaban ese idioma, por su entrañada y entrañable historia en México, así como por las reconocidas cualidades alquímicas, cabalísticas, ocultistas, herméticas, que habían sido ingredientes de su escritura y el furor de su imaginación.
Entre ellos, Carlos Fuentes, dueño de una cultura universal y cosmopolita, gracias a que su educación, como hijo de diplomático, se había desarrollado en Europa, Estados Unidos y en otros países.
Así que, la publicación de la primera traducción al español de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry en 1964 (1), en México, extendió ese "culto" para todos aquellos que no lo habían podido leer en el inglés original. Muestra de ello es que atrajo la traducción y publicación de algunas de sus cartas, poemas y otros escritos, así como de artículos de escritores mejicanos y de traducciones en las revistas literarias y culturales (2). Destaco el número especial dedicado a Malcolm Lowry de la Revista de la Universidad de México, en cual se incluía la traducción del cuento: Bajo el volcán, inédito hasta ese año en inglés y en español (3), así como de las ya míticas cartas a Jonathan Cape, del 2 de enero de 1946 y a Ronald Paulton, del 15 de junio de 1946.
Esto debió facilitar la labor formativo-literaria que Carlos Fuentes ejercía sobre su amigo Gabriel García Márquez, con quien, además de colaborarle en la escritura de guiones cinematográficos -sobre este asunto trataré en próximo capítulo-, compartía y admiraba su vocación de narrador y de novelista. Por lo tanto, no es nada extraño que Fuentes entusiasmara a García Márquez con la lectura de aquellas traducciones de Bajo el volcán y las demás publicaciones realizadas en 1964.
Ese es el contexto inicial para comenzar a descifrar las claves encriptadas en el discurso de Carlos Fuentes, sobre la verdadera historia del "nacimiento" y escritura de Cien años de soledad, de acuerdo con los antecedentes que ya describí en la introducción.
Inicié con el análisis e interpretación del primero de los tres fragmentos que había separado del texto del discurso:
"Se ha dicho que en México Kafka sería un escritor costumbrista y en los años sesenta una de las leyes del "Castillo" determinaba que los extranjeros debían renovar cada seis meses su residencia y hacerlo no en México, sino -amuélense todos-, en un consulado mexicano del extranjero.
"Esto significaba que Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia -Kafka puro, les digo- y como tanto él como yo pasábamos por una temporada de aguda aerofobia -determinada, en mi caso, por la trágica muerte de Gaitán Durán en la Martinica-, íbamos por la carretera de Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México" (4).
Como ya me había propuesto demostrar, no era propiamente a Franz Kafka, el escritor ni al sentido que se le ha dado a sus obras, por la que se hacía tal referencia, sino a las situaciones kafkianas que Malcolm Lowry había vivido México y las que había registrado en su correspondencia.
La primera referencia es la que narra en una carta escrita en 1937, dirigida a John Davenport y en la cual dice:
"Es la perfecta situación kafkiana" (5).
La segunda, es en la que narra la "situación kafkiana" que está directamente conectada con el texto del discurso de Carlos Fuentes y que corresponde a la carta dirigida a Ronald Paulton, el 15 de junio de 1946, como más adelante lo demostraré y explicaré.
Como se puede notar, Malcolm Lowry había sido lector de las obras de Kafka, tal y como puede deducirse de sus propias obras y de la correspondencia con su padre.
Situadas, ambas circunstancias en ese contexto, lo que me propongo probar no depende tanto de que los eventos narrados por Carlos Fuentes hubieran ocurrido en realidad, como si ocurrieron los relatados por Malcolm Lowry, si no de la interpretación que se haga de la forma en como Fuentes los presenta.
Digo lo anterior, porque, como lo voy a mostrar a continuación, él parodia, deliberadamente y en el contexto de una "estratagema" que ya desvelaré, algunos de los escritos de Malcolm Lowry: primero, de la carta a Ronald Paulton, del 15 de junio de 1946, segundo, de la carta a Jonathan Cape (6) y, tercero, de textos e imágenes intertextualizados de Bajo el volcán.
El primer paso es desentrañar las referencias que Carlos Fuentes parodia de la carta a Ronald Paulton:
Esa carta es el relato que le hace Malcolm Lowry a Ronald Paulton de los desventurados y kafkianos sucesos que le tocó padecer, en compañía de su esposa, en la visita realizada a México entre noviembre de 1945 y mayo de 1946. Quien quiera comprobar lo kafkiano del asunto, lea la carta.
Pero, la parte específica que de esa carta toma Carlos Fuentes y que prueba el asunto que estoy demostrando ahora, es aquella en la que Malcolm Lowry recuerda su anterior permanencia en México entre 1936 y 1938, porque es exactamente ese recuerdo el que Carlos Fuentes parodia de la carta que le escribió a Ronald Paulton y eso es lo que quiero exponer como primera prueba.
Esto escribió Malcolm Lowry:
"A comienzos de la primavera de 1938 regresé nuevamente a Acapulco. Como en aquella época mi condición legal era de "rentista" y ya había obtenido una ampliación del visado original, tarjeta de turista o lo que fuera, pedí una prórroga y mal aconsejado, según creo recordar, de que debía obtenerla ahí, por ser el puerto de ingreso original en el país y también porque pensaba embarcarme en un barco de la Panamá Pacific Line, me dirigí a Acapulco. Solicité esa prórroga..." (7).
Esto dijo Carlos Fuentes en su discurso:
"[...] íbamos por la carretera de Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México".
Esa correspondencia entre uno y otro texto es tan asombrosa que no requiere explicación.
Pero, para abundar en mis pruebas, quiero llamar la atención sobre otra de las frases, el paréntesis, aparentemente inocuo e insignificante que hace Carlos Fuentes a Somerset Maugham.
Resulta que allí se hace alusión a una referencia que se remonta al cuento que con el título de Bajo el volcán había escrito Malcolm Lowry en 1937 en Cuernavaca y publicado por primera vez en 1964, tanto en inglés como en español. Este cuento fue transformado por Lowry en el capítulo VII, tanto de la segunda versión como de la versión terminada en 1944 de Bajo el volcán, la que, finalmente, fue publicada en ingles en 1947 y cuya primera traducción al español fue publicada en México en 1964.
En su biografía de Malcolm Lowry, Douglas Day, al hacer la descripción del capítulo VII de la segunda versión, cuando el personaje de Yvonne todavía recibía el nombre de Priscilla, escribe lo siguiente:
"En la pared más cercana a la calle hay una inscripción en dorado: "No se puede vivir sin amar". Las palabras son de Fray Luis de León: el poeta-sacerdote ascético español del siglo XVI que fuera condenado por la Inquisición por traducir al español el Cantar de los Cantares; pero el Cónsul sostiene que alguien que gustaba de Somerset Maugham debía de haber hecho aquella inscripción en la pared de Laruelle. Allí había dormido Priscilla con Laruelle, y el Cónsul, recordándolo, se vuelve bastante brusco" (8).
De esta escena sólo se conservan, en la versión final de Bajo el volcán, dos menciones de notoria ambigüedad. La una:
"- No se puede vivir sin amar -dijo M. Laruelle-, como ese "estúpido" inscribió en mi casa" (BV: cap. I, p. 26
La otra:
"No se puede vivir sin amar", eran las palabras escritas en la casa" (BV: cap. VII, p. 242).
Pero no son estas las únicas referencias de Bajo el volcán, de las cartas y de la leyenda de Malcolm Lowry que se conectan y corresponden con el "nacimiento" y la escritura de Cien años de soledad.
Para desentrañar y desvelar todas estas conexiones y correspondencias es necesario asumir que el discurso de Carlos Fuentes es la historia, en clave hermética, de una "estratagema", de un momento, de un lugar y de unas circunstancias, específicas, las cuales, una vez se descifre la clave del enigma, es posible conocer, en su totalidad, la verdad oculta, la historia verdadera, más allá de los datos y extender la interpretación a todo su contexto.
Contexto que, como demostraré en los próximos capítulos, abarca, no sólo los propios eventos, sino también otras conexiones y correspondencias que sugieren que Bajo el volcán, las cartas y la leyenda de Malcolm Lowry, además de ser la base sobre la que se urdió esa "estratagema", se convierten, también, en palimpsestos de la escritura de Cien años de soledad.
Como puede verse, la lectura del mural de sombras va desvelando sus claves y mostrando motivos y aspectos de todas las historias que contiene, cada vez más profundos y ricos en significados.
NOTAS
(1) Lowry, Malcolm, 1909-1957. Bajo el volcán / Malcolm Lowry; traducción de Raúl Ortiz y Ortiz. -- México: Era, 1964. Traducción de: Under the Volcano.
(2) Del catalogo de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, las siguientes entradas para escritos de Malcolm Lowry y artículos sobre su obra, publicados en México en 1964:
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Poemas / Malcolm Lowry; traducción de José Emilio Pacheco. -- p. 28. -- En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964)
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Bajo el volcán / Malcolm Lowry; traducción de Raúl Ortiz y Ortiz. -- México: Era, 1964. Traducción de: Under the Volcano.
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Bajo el volcán / Malcolm Lowry; traducción de Raúl Ortiz y Ortiz. -- p. 4-9. -- en Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964).
- Schaljkwijk, Bob. El volcán de Quaunhnáhuac / Bob Schaljkwijk. -- p. 23-27. En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964).
Fotografías de Cuernavaca, representando el ambiente en que se desarrolla Under the Volcano.
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Tres cartas inéditas de Malcolm Lowry. -- p. 29-33. -- En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964).
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Memorial: carta (de Malcolm Lowry) dirigida a Ronald Paulton, Dollarton, Columbia Británica, Canadá, junio 15 de 1964. -- p. 13-22. -- En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964)
- Xirau, Ramón. Malcolm Lowry: intención de una obra incompleta / Ramón Xirau. -- p. 34-35. -- En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964).
De las traducciones citadas por Douglas Day en su biografía de Malcolm Lowry:
- Under the Volcano, Prairie Shooner, XXXVII, num.4, invierno de 1963-1964, pp. 284-300. Este cuento que es la versión original del capítulo VIII de Bajo el volcán, se encontraba inédito hasta la aparición de este numero dedicado a Lowry. Se cita aquí la versión española aparecida en Revista de la Universidad de México, vol. XIX, número. 3, noviembre de 1964, p. 4.
- Lowry, Malcolm, Selected Letters. La traducción -de Carlos Valdés- que existe en español de esta carta (junto con otras cartas de Lowry) proviene de la versión completa y fue publicada en la Revista de la Universidad de México, XIX, 3, nov. de 1964, p. 29.
- Lowry, Malcolm, El trueno más allá del Popocatépelt, poema, versión de José Emilio Pacheco, publicada originalmente en la Revista de la Universidad de México, XIX, 3, noviembre de 1964, p. 28. Traducción de: Thunder Beyond Popocatépelt.
(3) - Under the Volcano, Prairie Shooner, XXXVII, num.4, invierno de 1963-1964, pp. 284-300. Este cuento que es la versión original del capítulo VII de Bajo el volcán, se encontraba inédito hasta la aparición de este numero dedicado a Lowry. Se cita aquí la versión española aparecida en Revista de la Universidad de México, vol. XIX, número. 3, noviembre de 1964, p. 4.
(4) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007, pp. XVIII y XIX.
(5) Carta publicada en la Revista de la Universidad de México, XIX, 3, nov. de 1964, p. 29. Citada por: Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía..., p. 26-266:
(6) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios, Tusquets, Barcelona, 1984, pp. 69-102.
(7) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios..., p. 74.
(8) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, p. 299.
al "furor" de Cien años de soledad
Primera parte
Capítulo 2
Las entrañas de un mundo kafkiano, Somerset Maugham, barranca y zopilotes
Desde antes a 1964, Malcolm Lowry y su obra en inglés eran lectura "de culto" para aquellos intelectuales mexicanos que dominaban ese idioma, por su entrañada y entrañable historia en México, así como por las reconocidas cualidades alquímicas, cabalísticas, ocultistas, herméticas, que habían sido ingredientes de su escritura y el furor de su imaginación.
Entre ellos, Carlos Fuentes, dueño de una cultura universal y cosmopolita, gracias a que su educación, como hijo de diplomático, se había desarrollado en Europa, Estados Unidos y en otros países.
Así que, la publicación de la primera traducción al español de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry en 1964 (1), en México, extendió ese "culto" para todos aquellos que no lo habían podido leer en el inglés original. Muestra de ello es que atrajo la traducción y publicación de algunas de sus cartas, poemas y otros escritos, así como de artículos de escritores mejicanos y de traducciones en las revistas literarias y culturales (2). Destaco el número especial dedicado a Malcolm Lowry de la Revista de la Universidad de México, en cual se incluía la traducción del cuento: Bajo el volcán, inédito hasta ese año en inglés y en español (3), así como de las ya míticas cartas a Jonathan Cape, del 2 de enero de 1946 y a Ronald Paulton, del 15 de junio de 1946.
Esto debió facilitar la labor formativo-literaria que Carlos Fuentes ejercía sobre su amigo Gabriel García Márquez, con quien, además de colaborarle en la escritura de guiones cinematográficos -sobre este asunto trataré en próximo capítulo-, compartía y admiraba su vocación de narrador y de novelista. Por lo tanto, no es nada extraño que Fuentes entusiasmara a García Márquez con la lectura de aquellas traducciones de Bajo el volcán y las demás publicaciones realizadas en 1964.
Ese es el contexto inicial para comenzar a descifrar las claves encriptadas en el discurso de Carlos Fuentes, sobre la verdadera historia del "nacimiento" y escritura de Cien años de soledad, de acuerdo con los antecedentes que ya describí en la introducción.
Inicié con el análisis e interpretación del primero de los tres fragmentos que había separado del texto del discurso:
"Se ha dicho que en México Kafka sería un escritor costumbrista y en los años sesenta una de las leyes del "Castillo" determinaba que los extranjeros debían renovar cada seis meses su residencia y hacerlo no en México, sino -amuélense todos-, en un consulado mexicano del extranjero.
"Esto significaba que Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia -Kafka puro, les digo- y como tanto él como yo pasábamos por una temporada de aguda aerofobia -determinada, en mi caso, por la trágica muerte de Gaitán Durán en la Martinica-, íbamos por la carretera de Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México" (4).
Como ya me había propuesto demostrar, no era propiamente a Franz Kafka, el escritor ni al sentido que se le ha dado a sus obras, por la que se hacía tal referencia, sino a las situaciones kafkianas que Malcolm Lowry había vivido México y las que había registrado en su correspondencia.
La primera referencia es la que narra en una carta escrita en 1937, dirigida a John Davenport y en la cual dice:
"Es la perfecta situación kafkiana" (5).
La segunda, es en la que narra la "situación kafkiana" que está directamente conectada con el texto del discurso de Carlos Fuentes y que corresponde a la carta dirigida a Ronald Paulton, el 15 de junio de 1946, como más adelante lo demostraré y explicaré.
Como se puede notar, Malcolm Lowry había sido lector de las obras de Kafka, tal y como puede deducirse de sus propias obras y de la correspondencia con su padre.
Situadas, ambas circunstancias en ese contexto, lo que me propongo probar no depende tanto de que los eventos narrados por Carlos Fuentes hubieran ocurrido en realidad, como si ocurrieron los relatados por Malcolm Lowry, si no de la interpretación que se haga de la forma en como Fuentes los presenta.
Digo lo anterior, porque, como lo voy a mostrar a continuación, él parodia, deliberadamente y en el contexto de una "estratagema" que ya desvelaré, algunos de los escritos de Malcolm Lowry: primero, de la carta a Ronald Paulton, del 15 de junio de 1946, segundo, de la carta a Jonathan Cape (6) y, tercero, de textos e imágenes intertextualizados de Bajo el volcán.
El primer paso es desentrañar las referencias que Carlos Fuentes parodia de la carta a Ronald Paulton:
Esa carta es el relato que le hace Malcolm Lowry a Ronald Paulton de los desventurados y kafkianos sucesos que le tocó padecer, en compañía de su esposa, en la visita realizada a México entre noviembre de 1945 y mayo de 1946. Quien quiera comprobar lo kafkiano del asunto, lea la carta.
Pero, la parte específica que de esa carta toma Carlos Fuentes y que prueba el asunto que estoy demostrando ahora, es aquella en la que Malcolm Lowry recuerda su anterior permanencia en México entre 1936 y 1938, porque es exactamente ese recuerdo el que Carlos Fuentes parodia de la carta que le escribió a Ronald Paulton y eso es lo que quiero exponer como primera prueba.
Esto escribió Malcolm Lowry:
"A comienzos de la primavera de 1938 regresé nuevamente a Acapulco. Como en aquella época mi condición legal era de "rentista" y ya había obtenido una ampliación del visado original, tarjeta de turista o lo que fuera, pedí una prórroga y mal aconsejado, según creo recordar, de que debía obtenerla ahí, por ser el puerto de ingreso original en el país y también porque pensaba embarcarme en un barco de la Panamá Pacific Line, me dirigí a Acapulco. Solicité esa prórroga..." (7).
Esto dijo Carlos Fuentes en su discurso:
"[...] íbamos por la carretera de Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México".
Esa correspondencia entre uno y otro texto es tan asombrosa que no requiere explicación.
Pero, para abundar en mis pruebas, quiero llamar la atención sobre otra de las frases, el paréntesis, aparentemente inocuo e insignificante que hace Carlos Fuentes a Somerset Maugham.
Resulta que allí se hace alusión a una referencia que se remonta al cuento que con el título de Bajo el volcán había escrito Malcolm Lowry en 1937 en Cuernavaca y publicado por primera vez en 1964, tanto en inglés como en español. Este cuento fue transformado por Lowry en el capítulo VII, tanto de la segunda versión como de la versión terminada en 1944 de Bajo el volcán, la que, finalmente, fue publicada en ingles en 1947 y cuya primera traducción al español fue publicada en México en 1964.
En su biografía de Malcolm Lowry, Douglas Day, al hacer la descripción del capítulo VII de la segunda versión, cuando el personaje de Yvonne todavía recibía el nombre de Priscilla, escribe lo siguiente:
"En la pared más cercana a la calle hay una inscripción en dorado: "No se puede vivir sin amar". Las palabras son de Fray Luis de León: el poeta-sacerdote ascético español del siglo XVI que fuera condenado por la Inquisición por traducir al español el Cantar de los Cantares; pero el Cónsul sostiene que alguien que gustaba de Somerset Maugham debía de haber hecho aquella inscripción en la pared de Laruelle. Allí había dormido Priscilla con Laruelle, y el Cónsul, recordándolo, se vuelve bastante brusco" (8).
De esta escena sólo se conservan, en la versión final de Bajo el volcán, dos menciones de notoria ambigüedad. La una:
"- No se puede vivir sin amar -dijo M. Laruelle-, como ese "estúpido" inscribió en mi casa" (BV: cap. I, p. 26
La otra:
"No se puede vivir sin amar", eran las palabras escritas en la casa" (BV: cap. VII, p. 242).
Pero no son estas las únicas referencias de Bajo el volcán, de las cartas y de la leyenda de Malcolm Lowry que se conectan y corresponden con el "nacimiento" y la escritura de Cien años de soledad.
Para desentrañar y desvelar todas estas conexiones y correspondencias es necesario asumir que el discurso de Carlos Fuentes es la historia, en clave hermética, de una "estratagema", de un momento, de un lugar y de unas circunstancias, específicas, las cuales, una vez se descifre la clave del enigma, es posible conocer, en su totalidad, la verdad oculta, la historia verdadera, más allá de los datos y extender la interpretación a todo su contexto.
Contexto que, como demostraré en los próximos capítulos, abarca, no sólo los propios eventos, sino también otras conexiones y correspondencias que sugieren que Bajo el volcán, las cartas y la leyenda de Malcolm Lowry, además de ser la base sobre la que se urdió esa "estratagema", se convierten, también, en palimpsestos de la escritura de Cien años de soledad.
Como puede verse, la lectura del mural de sombras va desvelando sus claves y mostrando motivos y aspectos de todas las historias que contiene, cada vez más profundos y ricos en significados.
NOTAS
(1) Lowry, Malcolm, 1909-1957. Bajo el volcán / Malcolm Lowry; traducción de Raúl Ortiz y Ortiz. -- México: Era, 1964. Traducción de: Under the Volcano.
(2) Del catalogo de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, las siguientes entradas para escritos de Malcolm Lowry y artículos sobre su obra, publicados en México en 1964:
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Poemas / Malcolm Lowry; traducción de José Emilio Pacheco. -- p. 28. -- En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964)
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Bajo el volcán / Malcolm Lowry; traducción de Raúl Ortiz y Ortiz. -- México: Era, 1964. Traducción de: Under the Volcano.
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Bajo el volcán / Malcolm Lowry; traducción de Raúl Ortiz y Ortiz. -- p. 4-9. -- en Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964).
- Schaljkwijk, Bob. El volcán de Quaunhnáhuac / Bob Schaljkwijk. -- p. 23-27. En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964).
Fotografías de Cuernavaca, representando el ambiente en que se desarrolla Under the Volcano.
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Tres cartas inéditas de Malcolm Lowry. -- p. 29-33. -- En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964).
- Lowry, Malcolm, 1909-1957. Memorial: carta (de Malcolm Lowry) dirigida a Ronald Paulton, Dollarton, Columbia Británica, Canadá, junio 15 de 1964. -- p. 13-22. -- En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964)
- Xirau, Ramón. Malcolm Lowry: intención de una obra incompleta / Ramón Xirau. -- p. 34-35. -- En Revista de la Universidad de México. -- Vol. 19, no. 3 (1964).
De las traducciones citadas por Douglas Day en su biografía de Malcolm Lowry:
- Under the Volcano, Prairie Shooner, XXXVII, num.4, invierno de 1963-1964, pp. 284-300. Este cuento que es la versión original del capítulo VIII de Bajo el volcán, se encontraba inédito hasta la aparición de este numero dedicado a Lowry. Se cita aquí la versión española aparecida en Revista de la Universidad de México, vol. XIX, número. 3, noviembre de 1964, p. 4.
- Lowry, Malcolm, Selected Letters. La traducción -de Carlos Valdés- que existe en español de esta carta (junto con otras cartas de Lowry) proviene de la versión completa y fue publicada en la Revista de la Universidad de México, XIX, 3, nov. de 1964, p. 29.
- Lowry, Malcolm, El trueno más allá del Popocatépelt, poema, versión de José Emilio Pacheco, publicada originalmente en la Revista de la Universidad de México, XIX, 3, noviembre de 1964, p. 28. Traducción de: Thunder Beyond Popocatépelt.
(3) - Under the Volcano, Prairie Shooner, XXXVII, num.4, invierno de 1963-1964, pp. 284-300. Este cuento que es la versión original del capítulo VII de Bajo el volcán, se encontraba inédito hasta la aparición de este numero dedicado a Lowry. Se cita aquí la versión española aparecida en Revista de la Universidad de México, vol. XIX, número. 3, noviembre de 1964, p. 4.
(4) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007, pp. XVIII y XIX.
(5) Carta publicada en la Revista de la Universidad de México, XIX, 3, nov. de 1964, p. 29. Citada por: Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía..., p. 26-266:
(6) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios, Tusquets, Barcelona, 1984, pp. 69-102.
(7) Malcolm Lowry, el volcán, el mezcal, los comisarios..., p. 74.
(8) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, p. 299.
Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Primera parte
Capítulo 3
El secreto de la "estratagema" de Mercedes y Henry James
"Yo regresé a Europa en 1966 y me instalé en un "palazzo" veneciano para ver que se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo. Fue una temporada de intenso intercambio epistolar con los amigos, en aquella época anterior -muy anterior. al fax, al e-mail".
"Gracias a ello, conservo un maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de soledad. Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto -me dijo- que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses" (1).
Aquí se encuentran otras de las pistas y claves para descifrar el código secreto del discurso de Carlos Fuentes:
¿Qué relaciones, conexiones o correspondencias tienen entre sí y con todo este asunto, "un "palazzo" veneciano", Henry James, "un maravilloso correo con Gabo", Mercedes y "escribir un proyecto"?
Para romper el código en estos apartes hay que empezar por decir que Henry James, el maestro del misterio y del suspenso, es el autor de una célebre novela: Los papeles de Aspern, cuya trama se resume:
En un viejo "palazzo" veneciano, que sirve de escenario romántico a la historia , tres caracteres se enfrentan por el legado de Jeffrey Aspern (¿se podría transponer por Geoffrey Firmin, el Cónsul?), famoso poeta inglés: un editor apasionado en busca de los "papeles" de su autor favorito, una astuta mujer centenaria que fue amante del poeta y guarda celosamente esos "papeles" (¿Margerie Lowry, la viuda?), y la estúpida e ingenua sobrina, que se convierte en el eje de la lucha sorda y tensa entre el editor y la anciana. Toda la narración está envuelta en misterio, casi que suspenso que deja al lector asombrado y que confirma la teoría de James de que
"[…] toda historia, para ser buena, debería ser a la vez un retrato y una idea".
En este contexto, se puede pensar que los "papeles" de Aspern, son al mismo tiempo tanto Bajo el volcán, las cartas de Malcolm Lowry y la semblanza biográfica de Conrad Knickerbocker, publicadas en México en 1964 (2), así como, en menor grado, el "maravilloso correo" entre Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, durante el proceso de escritura de Cien años de soledad.
Para completar la pista y descifrar la clave, hay que preguntarse: ¿Cuáles son los significados y relaciones ocultos de la presencia de Mercedes (Barcha) y sus labores con esta historia?
Las respuestas se encuentran en el primer párrafo de la novela de Henry James:
"La única idea fecunda en todo el asunto surgió de los labios amigos de mistress Prest, a la cual había confiado el secreto. Ella fue quien urdió la estratagema y aflojó el nudo gordiano. En las mujeres no suele suponerse el don de elevarse a una visión amplia de un problema cualquiera. Sin embargo, desarrollan a veces con singular serenidad planes tan audaces como pudiera concebirlos un hombre" (3).
Aquí está "el nudo gordiano" en donde se ata y se desata el misterio de todo este asunto:
"Ella fue quien urdió la estratagema y aflojó el nudo gordiano".
Desde un principio, todo el cuento sobre el origen y el "nacimiento" de Cien años de soledad era la "estratagema de mistress Prest", urdido por Mercedes Barcha y desarrollado, en complicidad, por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Una "estratagema" que involucraba a Malcolm Lowry, su permanencia en México, su escritura mexicana de Bajo el volcán, su correspondencia y, por supuesto, esa extraña y extraordinaria novela de Henry James.
La "estratagema" contemplaba, ocultar la verdadera historia tras otras tramas que desviaran la atención y, al mismo tiempo, la disimularan tras una máscara y de un laberinto de referencias herméticas y simbólicas que, si bien, no fuera imposible de descifrar, por lo menos fuera necesario el advenimiento de un iluminado iniciado acuciado por su daimón de la certeza / duda.
Lo que se pretendía con esta "estratagema" y en el orden en que he venido desvelándola, era crear un mito o leyenda que ocultara el influjo que la biografía, las cartas y Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, representó para el origen y "nacimiento" de Cien años de soledad.
En otras palabras, crear un mito, "otra realidad" alterna que se anticipara a los devaneos de la crítica y de la farándula literaria y que al mismo tiempo estuviera a la altura de esa "realidad macondina" de la novela.
Lo cierto es que en ese origen y "nacimiento" de Cien años de soledad, se realiza una operación de alquimia literaria, parodización incluida, de los escritos de y sobre Malcolm Lowry.
Lo que interesa ahora, es descifrar las pistas y claves que ocultan el momento, el lugar y los motivos del "nacimiento" de Cien años de soledad y cuáles son los materiales de Lowry empleados para ello.
Se construye una "estratagema" inspirada por la novela de Henry James. Se parodian las cartas de Malcolm Lowry a Jonathan Cape y Ronald Paulton. Y se inventa una anécdota, como si fuera un guión de película, reescrito a partir de motivos seleccionados del capítulo VIII, de Bajo el volcán, como ya lo demostré
De esta manera queda desvelada una gran parte del misterio, se podría decir, la parte mecánica y funcionamiento de todo ese ocultamiento.
Lo que no es posible hacer con los elementos desvelados, es descubrir, en su totalidad y pertinencia, los motivos por los cuales Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha y Carlos Fuentes, inventaron este mito o leyenda, como se quiera llamar, y por qué quieren mantener el ocultamiento, así sea el de querer reírse del mundo exponiendo y ratificando la burla de su "estratagema", como lo hizo Carlos Fuentes en su discurso.
Ese es un misterio que habrá que esperar hasta que se levante el secreto y la reserva que se mantiene sobre la correspondencia sostenida por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes en el período durante el cual se escribió Cien años de soledad.
Hasta aquí he analizado y explicado con total congruencia las pistas y claves inscritas en esas tres partes o movimientos musicales que separé del discurso de Carlos Fuentes y con lo cual he logrado desvelar sólo una parte del misterio:
El del momento y lugar del "nacimiento" de Cien años de soledad, así como la "estratagema" tras la cual se ocultó ese registro histórico.
Pero, sería ingenuo creer que eso es todo lo que el discurso ofrece como un texto hermético. Allí hay mucho más que descifrar. Pero, para hacerlo es necesario otro gran esfuerzo para el que ya se tiene por seguro lo que se ha descubierto.
Es necesario empezar por advertir que en todo este misterio y en estos secretos, hay elementos menos prácticos, concretos y sencillos de descifrar, como los ya desvelados, eso demuestra la inteligencia y la astucia con la que se urdió toda la “estratagema”. Sin embargo, no es una labor imposible.
Como en toda labor que pretenda romper un código secreto, será necesario realizar algunas especulaciones y aproximaciones que permitan descubrir las conexiones y correspondencias adecuadas que hagan compatibles y traducibles los elementos de lo ya descubierto con los por descubrir. Al fin y al cabo es un esfuerzo que vale la pena así sea sólo por el placer de legitimar los resultados obtenidos.
Así que para realizar esa segunda labor, empiezo por preguntarme:
¿Qué otro significado puede tener la presencia de Henry James y su novela Los papeles de Aspern en el asunto y cuál es su conexión con el fragmento de la carta que se cita inmediatamente?
Obvio, la respuesta debía estar en la misma novela de Henry James. Es una trama construida, de principio a fin, de impostura en impostura, mentiras de conveniencia que ocultan las verdaderas intenciones, mentiras plausibles que permitan encontrar y apoderarse de las cartas de amor y de los papeles de Jeffrey Aspern.
A partir de estas condiciones, la "estratagema" debía inventar una historia creíble, de buenas intenciones y mejores resultados, tal y como lograban los mitos que se habían inventado para ocultar del "nacimiento" y de la escritura de Cien años de soledad.
Esa era la parte de la "estratagema" de Mercedes en el mejor estilo de Henry James: ocultar una verdad contando una mentira tan plausible que el despistado investigador no tiene más remedio que creerla y desparramarla por todo el mundo.
Llama la atención que desde recién publicada Cien años de soledad se insistiera en el casi plagio que Gabriel García Márquez hizo de Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais (1494-1553), con lo cual se distrajo la atención sobre las verdaderas fuentes de su inspiración.
Además, esa mención a Rabelais en la carta que Gabriel García Márquez envía a Carlos Fuentes a Europa y que este cita en su discurso, no puede ser ni inocente ni inocua, tiene que tener muchos más significados que los que aparenta. Tiene que ser un aspecto importante en la urdimbre de la "estratagema" de Mercedes.
Esta es la cita de la carta de Gabriel García Márquez:
“[…] jamás he trabajado en soledad comparable, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras”.
“A veces me salta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta…” (4).
Pero, ¿por qué Rabelais y no Flaubert o el mismo Henry James o cualquiera otro de los grandes escritores que sufrieron trabajando sus obras "como un condenado poniendo a raya la retórica"?
Esa referencia volvió a desatar mi daimón de la certeza/duda, ahí había algo raro.
De acuerdo con la carta, la contradicción es evidente, porque, en la realidad histórica y literaria, François Rabelais no es precisamente el modelo ejemplar de escritor que pueda ser descrito: "sufro como un condenado poniendo a raya la retórica", no se corresponde en lo más mínimo con la intención que se invoca, la cual, para ser justos, sería mucho más compatible con Flaubert o con el mismo Henry James o con muchos otros grandes escritores reconocidos por lo esforzado de su trabajo literario y, por lo tanto, menos plausibles para la "estratagema" de Mercedes.
Sin embargo, para la intención que pretendían estos "confabulados literarios", François Rabelais si era el actor preciso para desempeñar ese papel en la trama, era el modelo plausible de la "estratagema" de Mercedes y el mejor para darle verosimilitud a la mentira que oculta. O, para ocultar otro de los confabulados, como más adelante mostraré.
Por una parte, porque en François Rabelais se encarna perfectamente eso de "buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario" que el personaje oculto tras ese "alias" representa y, por la otra, porque su vida y su obra se correspondían con la intención, la naturaleza, al igual que con el tono "gargantuesco y pantagruelesco" de Cien años de soledad, bien ejemplarizados en Gargantúa y Pantagruel.
Abundando en detalles y, si se quiere, más ceñido a lo histórico, hay que recordar que François Rabelais se inspira directamente en el folclore y en la tradición oral popular. En 1532 publica, bajo el anagrama de Alcofribas Nasier, la primera de sus dos grandes y notables novelas: Gargantúa, para la cual utiliza, como palimpsesto e inspiración un texto anónimo de la época titulado: Las grandes e inestimables crónicas del gran Gigante Gargantúa (Les Grandes et inevitables chroniques de l'énorme géant Gargantua),una colección anónima de cuentos populares, a la vez épicos y cómicos, los cuales extraían sus fuentes de los libros de caballería de la Edad Media, en particular del ciclo artúrico.
Otra parte de la "estratagema que encajaba con precisión, porque, así, se abría la posibilidad a esa y a muchas otras alternativas de interpretación con las que se podían relacionar de manera verosímil François Rabelais y Cien años de soledad y, a partir de allí, ser compatibles con Faulkner (sus relatos se originan en una imagen), Hawthorne, Melville, Virginia Woolf y su Mrs. Dalloway, Joyce y su Ulises, a la que seguiría una interminable y aristocrática genealogía literaria, que todavía no ha terminado de construirse o, ¿será deconstruirse?, para, de esa manera, emparentarla con lo mejor de la gran literatura de todos los tiempos. Labor que han realizado, hasta la saturación, los críticos literarios.
Sí, en ese marco histórico y literario se podía implicar todo, cualquier cosa, menos la verdad verdadera, la real identidad que juguetona y deliberadamente se quería ocultar, la de quiénes eran los verdaderos protagonistas, esos que, ahora, herméticos y callados, se sonríen con burla, tras el mural de sombras, de pistas y de claves que, al romper el código encriptado en el texto del discurso de Carlos Fuentes, permiten desvelar el enigma.
No podía ser de otra manera, si mantengo la coherencia con los secretos y misterios que ya he desvelado en los capítulos anteriores, sé que, si bien, no puede afirmarse, irrefutablemente, que Cien años de soledad se haya escrito sobre uno o varios palimpsestos, a partir de una o varias inspiraciones, si tiene que ser cierto que en su nacimiento e inspiración, además de la desbordante imaginación de Gabriel García Márquez, de las historias familiares, los motivos del el folclore y de la tradición oral popular, tuvieron que estar presentes otras causas y motivos que expandieron sus grandes capacidades y habilidades de escritor. Algunas de esas causas y motivos son los que he demostrado y continuaré demostrando.
Volviendo a leer la cita de la carta sobre el "nacimiento" y la escritura de Cien años de soledad y aceptando que estos dos eventos si están íntimamente conectados con Bajo el volcán y con Malcolm Lowry, esa será exactamente la conexión y las correspondencias que se tratan de ocultar con la "estratagema" de Mercedes.
Ocultar ese Gabriel García Márquez que se identifica a plenitud con Malcolm Lowry, el escritor poseído por la escritura y por su obra. Un Lowry que desde las páginas de Bajo el volcán adiestra, en su "Sabiduría Secreta", a este nuevo alumno que como un zopilote se le ha asentado sobre el hombro y lee lo que el maestro alquimista, cabalista y "mago", ha escrito:
"Mientras tanto, ¿me imaginas todavía trabajando en el libro intentando aún responder a preguntas tales como: existe una realidad última, externa, consciente y omnipresente, etc., etc., que pueda ser comprendida por cualesquiera medios aceptables a todos los credos y religiones, y que pueda adaptarse a todos los climas y países? ¿O acaso me imaginas entre Misericordia y Comprensión, entre Chesed y Binah (pero aún en Chesed) -mi equilibrio, y el equilibrio lo es todo, precario- oscilando sobre el horrible vacío infranqueable, la vía del todo indiscernible del rayo de Dios que vuelve a Dios? ¡Como si alguna vez hubiera estado en Chesed! Más bien en el Qli-photh. ¡Cuando debiera haber estado escribiendo herméticos volúmenes en verso titulados El triunfo de Humpty Dumty o La nariz de Verruga Luminosa! O, mejor todavía, como Clare, "urdiendo visión aterradora"... Hay un poeta frustrado en cada hombre. Aunque en las circunstancias actuales tal vez sea buena idea fingir cuando menos que se está realizando la gran obra personal sobre la "Sabiduría Secreta" y entonces se pueda afirmar, si nunca se llega a publicar, que el título mismo explica esta falta".
Para enseguida agregar esta queja:
"... Pero, ¡ay del Caballero de la Triste Figura!, ¡oh Yvonne, me persigue tanto el recuerdo de tus canciones" (BV: cap. I, p. 61).
O, un Malcolm Lowry que también es poeta:
"[...] que ofrece poemas a Rilke y a Yeats:
"Ayúdenme a escribir,
Abran las puertas
que hasta el orden conducen
Y rescaten mi alma
De esta jaula
En que mi voluntad
Brama entre rejas" (5).
El mismo Malcolm Lowry, escritor obsesivo que como Gabriel García Márquez, sufre, con cada una de sus obras, "como un condenado poniendo a raya la retórica".
Esta imagen de Gabriel García Márquez sobre la ardua y dolorosa labor de escritura se corresponde con la de Malcolm Lowry que debió leer en la semblanza biográfica que hizo Conrad Knickerbocker, publicada en el número especial de la Revista de la Universidad de México, en 1964:
"Con las furias bajo control, se asentó en la Columbia Británica, aplicándose a elaborar y pulir la novela, con diversas incursiones en Lunar Caustic, en Ballast, y en poesía. A veces le resultaba tan difícil la escritura que llegaba a gemir en voz alta, pero seguía avanzando, escribiendo casi siempre con letra grande sobre cualquier cosa que tuviese a mano: sobres viejos, blocs, al dorso de otros manuscritos, e incluso en las "cartas" de los restaurantes. Cuando se estancaba en alguno de sus proyectos pasaba a otro: "como un xilofonista", comentaba su esposa. Con frecuencia llegaba a reunir hasta veinte versiones diferentes de una misma frase, o de un párrafo, y, a veces, de un capítulo entero que surgía de improviso, terminando por aturdir a Margerie de tanto hacérselo pasar a máquina. Luego, le pedía que escribiese su propia versión, a la que llamaba "Margerie-version" y, a partir de ahí, volvía a empezar de nuevo. En otros períodos posteriores, en que también bebió mucho, por lo menos tomaba notas. A la postre, el éxito, el alcohol, y hasta su amada playa de Dollarton le fallaron, pero su trabajo jamás" (6).
Ese fue el Malcolm Lowry que dedicó nueve años a la escritura, borradores sobre borradores, revisiones sobre revisiones, de Bajo el volcán, primero, un cuento, luego, una primera versión, desaparecida, y, finalmente, a otras tres versiones, la última de las cuales, la cuarta (al fin La Gran Obra).
Esas imágenes de Conrad Knickerbocker, son las mismas que, diez años después, Douglas Day reinterpretó a partir de las notas que aquel le heredara, antes de suicidarse, en la escritura de la que se considera es la biografía oficial de Malcolm Lowry:
"Mientras tanto, el hijo pródigo trabajaba diariamente, encorvado durante horas sobre su improvisado escritorio, mirando fijamente Bajo el volcán y desarrollándose lentamente hasta lo que llegaría a ser después. Empezaba cada mañana, de pie, frente a su escritorio, sostenido sobre el dorso de su mano izquierda (siempre con la palma hacia arriba, a la manera de los monos), y arañando su casi ilegible manuscrito con la derecha. Durante la primera hora, más o menos, Margerie tenía que sentarse totalmente inmóvil, en el cuarto contiguo. Escuchaba ella desde allí profundos suspiros y gemidos. Luego silencio absoluto. Luego unas aspiraciones inquietas y entonces se lanzaba, totalmente insensible a cualquier tipo de ruido que ella pudiera hacer. Ésta era la rutina de cada día, aunque trabajaba un número variable de horas. Rara vez escribió por la tarde; reservaba este tiempo para caminar con Margerie o para leer, o bien para visitar a sus nuevos amigos o, en las noches de los sábados, tomar un baño en la gran tina que Margerie había comprado en Vancouver" (7).
Este estado de ánimo y posesión, de agonía y éxtasis, de Malcolm Lowry, es el mismo que manifestó en sus cartas y del que se tienen en los testimonios de quienes se relacionaron con él durante la escritura de Bajo el volcán y de sus otras obras. La descripción de todo ello es descrito y documentado dramáticamente por Douglas Day en los capítulos V y VI, de su biografía, los cuales se soportan básicamente en los testimonios de Margerie, la que "tenía que sentarse totalmente inmóvil, en el cuarto contiguo" (¿Alguna semejanza con el papel que Mercedes Barcha desempeña durante la escritura de Cien años de soledad?)
Algunas de las cartas y de los testimonios citados por Douglas Day en su biografía, ya habían sido publicados, tanto en inglés como en versiones en español, para 1964 (8).
Ese es el mismo o similar estado de ánimo y trabajo que mejor y con mayor precisión se corresponde con lo expresado por Gabriel García Márquez en su carta a Carlos Fuentes y con las descripciones que, con posterioridad, ha hecho sobre su disciplina y forma de trabajo. Y, por supuesto, con la escritura de Melquíades, el autor de las profecías de los pergaminos.
O, para ser más precisos, en su carta, Gabriel García Márquez bien pudo haber escrito el mismo párrafo que Malcolm Lowry escribiera en Bajo el volcán:
"Mientras tanto, ¿me imaginas todavía trabajando en el libro, intentando aún responder a preguntas tales como: ¿existe una realidad última, externa, consciente y omnipresente, etc., etc., que pueda ser comprendida por cualesquiera medios aceptables a todos los credos y religiones, y que pueda adaptarse a todos los climas y países?" (BV: cap. 1, p. 61).
Las explicaciones anteriores podrían considerase como una interpretación, también plausible, del estado de ánimo de Gabriel García Márquez durante el tiempo de su escritura. Su carta es la expresión del estado de ánimo y posesión, de las agonías y éxtasis, del alumno iniciado en su proceso de transmutación y de "furor" imaginativo.
Pero no es posible dejarse engañar. La "estratagema" de Mercedes pareciera no dejar cabo sin atar. Es necesario incluir en el análisis otros elementos.
Están, por una parte, todas aquellas las historias, reales o ficticias, sobre lo qué sucedió en los tiempos de la escritura de Cien años de soledad:
Aquella historia de la mecanógrafa a la que, al bajarse de un bus en medio de un aguacero, se le caen en un charco de la calle las cuartillas recién mecanografiadas y tiene que secarlas con el calor de una plancha o, aquella otra y tan popular: lo dramático del envió del original a la Editorial Sudamericana en Buenos Aires, que tuvieron que partirlo en dos paquetes, porque no tenían el dinero completo para pagarlo como un único paquete y, ni se diga, la desaparición de ese original, del que sólo restan las pruebas tipográficas, ya material de coleccionistas.
En fin, esa disciplina "suicida de escribir", el aquelarre de los amigos, las consultas, las lecturas, etc., son muchas las anécdotas, las historias, los mitos, las leyendas, que se van incorporando y que es necesario tenerlas en cuenta como parte de la "estratagema" de Mercedes.
Anécdotas, historias, leyendas que se conectan y corresponden, como analogías, con las historias de Malcolm Lowry: los nueve años de escritura de Bajo el volcán y el dramático incendio de la cabaña en Dollarton en el cual casi se quema la última versión y él resultó herido, etc.
Son historias ya convertidas en mitos y leyendas que hacen pensar en el destino, casual o causal, que unen a Bajo el volcán y a Cien años de soledad en una conexión y correspondencia secreta y misteriosa. ¿Quien puede saberlo?
Pero, en este juego de espejos las imágenes se multiplican sin fin y François Rabelais no ha concluido su actuación en este Auto sacramental.
Hay que recordar que François Rabelais fue habitante de ese mundo y esos tiempos en los que los "magos renacentistas" y los maestros alquimistas desataban el "furor de la imaginación" como "el gran poder" y ocultaban sus Opus Magnun tras elaborados y simbólicos lenguajes como forma para evitar ser condenados y consumidos en los fuegos de la Inquisición, un fuego que los privaba de la posibilidad de transmutarse a sí mismos en las llamas de sus forjas mágicas.
Ese será el asunto del siguiente capítulo.
NOTAS
(1) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007 (609 p.), p. XXI.
(2) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53.
(3) Henry James, Los papeles de Aspern, Fabula-Tusquets, Barcelona, 2001, p. 9.
(4) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad…, p. XXII.
(5) Malcolm Lowry, citado por Douglas Day en su biografía de Malcolm Lowry (Versión de José Emilio Pacheco recogida en No me preguntes cómo pasa el tiempo, Mortiz, México, 1969, p. 103), p. 319.
(6) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53.
(7) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, pp. 331-332.
(8) Para los interesados en informarse sobre la historia de la escritura de Bajo el volcán y las circunstancias que la rodearon, especialmente, la permanencia de Malcolm Lowry en Cuernavaca y Canadá, recomiendo la biografía de Douglas Day, considerado el biógrafo oficial del escritor:
- Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía..., capítulos V y VI.
al "furor" de Cien años de soledad
Primera parte
Capítulo 3
El secreto de la "estratagema" de Mercedes y Henry James
"Yo regresé a Europa en 1966 y me instalé en un "palazzo" veneciano para ver que se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo. Fue una temporada de intenso intercambio epistolar con los amigos, en aquella época anterior -muy anterior. al fax, al e-mail".
"Gracias a ello, conservo un maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de soledad. Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto -me dijo- que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses" (1).
Aquí se encuentran otras de las pistas y claves para descifrar el código secreto del discurso de Carlos Fuentes:
¿Qué relaciones, conexiones o correspondencias tienen entre sí y con todo este asunto, "un "palazzo" veneciano", Henry James, "un maravilloso correo con Gabo", Mercedes y "escribir un proyecto"?
Para romper el código en estos apartes hay que empezar por decir que Henry James, el maestro del misterio y del suspenso, es el autor de una célebre novela: Los papeles de Aspern, cuya trama se resume:
En un viejo "palazzo" veneciano, que sirve de escenario romántico a la historia , tres caracteres se enfrentan por el legado de Jeffrey Aspern (¿se podría transponer por Geoffrey Firmin, el Cónsul?), famoso poeta inglés: un editor apasionado en busca de los "papeles" de su autor favorito, una astuta mujer centenaria que fue amante del poeta y guarda celosamente esos "papeles" (¿Margerie Lowry, la viuda?), y la estúpida e ingenua sobrina, que se convierte en el eje de la lucha sorda y tensa entre el editor y la anciana. Toda la narración está envuelta en misterio, casi que suspenso que deja al lector asombrado y que confirma la teoría de James de que
"[…] toda historia, para ser buena, debería ser a la vez un retrato y una idea".
En este contexto, se puede pensar que los "papeles" de Aspern, son al mismo tiempo tanto Bajo el volcán, las cartas de Malcolm Lowry y la semblanza biográfica de Conrad Knickerbocker, publicadas en México en 1964 (2), así como, en menor grado, el "maravilloso correo" entre Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, durante el proceso de escritura de Cien años de soledad.
Para completar la pista y descifrar la clave, hay que preguntarse: ¿Cuáles son los significados y relaciones ocultos de la presencia de Mercedes (Barcha) y sus labores con esta historia?
Las respuestas se encuentran en el primer párrafo de la novela de Henry James:
"La única idea fecunda en todo el asunto surgió de los labios amigos de mistress Prest, a la cual había confiado el secreto. Ella fue quien urdió la estratagema y aflojó el nudo gordiano. En las mujeres no suele suponerse el don de elevarse a una visión amplia de un problema cualquiera. Sin embargo, desarrollan a veces con singular serenidad planes tan audaces como pudiera concebirlos un hombre" (3).
Aquí está "el nudo gordiano" en donde se ata y se desata el misterio de todo este asunto:
"Ella fue quien urdió la estratagema y aflojó el nudo gordiano".
Desde un principio, todo el cuento sobre el origen y el "nacimiento" de Cien años de soledad era la "estratagema de mistress Prest", urdido por Mercedes Barcha y desarrollado, en complicidad, por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Una "estratagema" que involucraba a Malcolm Lowry, su permanencia en México, su escritura mexicana de Bajo el volcán, su correspondencia y, por supuesto, esa extraña y extraordinaria novela de Henry James.
La "estratagema" contemplaba, ocultar la verdadera historia tras otras tramas que desviaran la atención y, al mismo tiempo, la disimularan tras una máscara y de un laberinto de referencias herméticas y simbólicas que, si bien, no fuera imposible de descifrar, por lo menos fuera necesario el advenimiento de un iluminado iniciado acuciado por su daimón de la certeza / duda.
Lo que se pretendía con esta "estratagema" y en el orden en que he venido desvelándola, era crear un mito o leyenda que ocultara el influjo que la biografía, las cartas y Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, representó para el origen y "nacimiento" de Cien años de soledad.
En otras palabras, crear un mito, "otra realidad" alterna que se anticipara a los devaneos de la crítica y de la farándula literaria y que al mismo tiempo estuviera a la altura de esa "realidad macondina" de la novela.
Lo cierto es que en ese origen y "nacimiento" de Cien años de soledad, se realiza una operación de alquimia literaria, parodización incluida, de los escritos de y sobre Malcolm Lowry.
Lo que interesa ahora, es descifrar las pistas y claves que ocultan el momento, el lugar y los motivos del "nacimiento" de Cien años de soledad y cuáles son los materiales de Lowry empleados para ello.
Se construye una "estratagema" inspirada por la novela de Henry James. Se parodian las cartas de Malcolm Lowry a Jonathan Cape y Ronald Paulton. Y se inventa una anécdota, como si fuera un guión de película, reescrito a partir de motivos seleccionados del capítulo VIII, de Bajo el volcán, como ya lo demostré
De esta manera queda desvelada una gran parte del misterio, se podría decir, la parte mecánica y funcionamiento de todo ese ocultamiento.
Lo que no es posible hacer con los elementos desvelados, es descubrir, en su totalidad y pertinencia, los motivos por los cuales Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha y Carlos Fuentes, inventaron este mito o leyenda, como se quiera llamar, y por qué quieren mantener el ocultamiento, así sea el de querer reírse del mundo exponiendo y ratificando la burla de su "estratagema", como lo hizo Carlos Fuentes en su discurso.
Ese es un misterio que habrá que esperar hasta que se levante el secreto y la reserva que se mantiene sobre la correspondencia sostenida por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes en el período durante el cual se escribió Cien años de soledad.
Hasta aquí he analizado y explicado con total congruencia las pistas y claves inscritas en esas tres partes o movimientos musicales que separé del discurso de Carlos Fuentes y con lo cual he logrado desvelar sólo una parte del misterio:
El del momento y lugar del "nacimiento" de Cien años de soledad, así como la "estratagema" tras la cual se ocultó ese registro histórico.
Pero, sería ingenuo creer que eso es todo lo que el discurso ofrece como un texto hermético. Allí hay mucho más que descifrar. Pero, para hacerlo es necesario otro gran esfuerzo para el que ya se tiene por seguro lo que se ha descubierto.
Es necesario empezar por advertir que en todo este misterio y en estos secretos, hay elementos menos prácticos, concretos y sencillos de descifrar, como los ya desvelados, eso demuestra la inteligencia y la astucia con la que se urdió toda la “estratagema”. Sin embargo, no es una labor imposible.
Como en toda labor que pretenda romper un código secreto, será necesario realizar algunas especulaciones y aproximaciones que permitan descubrir las conexiones y correspondencias adecuadas que hagan compatibles y traducibles los elementos de lo ya descubierto con los por descubrir. Al fin y al cabo es un esfuerzo que vale la pena así sea sólo por el placer de legitimar los resultados obtenidos.
Así que para realizar esa segunda labor, empiezo por preguntarme:
¿Qué otro significado puede tener la presencia de Henry James y su novela Los papeles de Aspern en el asunto y cuál es su conexión con el fragmento de la carta que se cita inmediatamente?
Obvio, la respuesta debía estar en la misma novela de Henry James. Es una trama construida, de principio a fin, de impostura en impostura, mentiras de conveniencia que ocultan las verdaderas intenciones, mentiras plausibles que permitan encontrar y apoderarse de las cartas de amor y de los papeles de Jeffrey Aspern.
A partir de estas condiciones, la "estratagema" debía inventar una historia creíble, de buenas intenciones y mejores resultados, tal y como lograban los mitos que se habían inventado para ocultar del "nacimiento" y de la escritura de Cien años de soledad.
Esa era la parte de la "estratagema" de Mercedes en el mejor estilo de Henry James: ocultar una verdad contando una mentira tan plausible que el despistado investigador no tiene más remedio que creerla y desparramarla por todo el mundo.
Llama la atención que desde recién publicada Cien años de soledad se insistiera en el casi plagio que Gabriel García Márquez hizo de Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais (1494-1553), con lo cual se distrajo la atención sobre las verdaderas fuentes de su inspiración.
Además, esa mención a Rabelais en la carta que Gabriel García Márquez envía a Carlos Fuentes a Europa y que este cita en su discurso, no puede ser ni inocente ni inocua, tiene que tener muchos más significados que los que aparenta. Tiene que ser un aspecto importante en la urdimbre de la "estratagema" de Mercedes.
Esta es la cita de la carta de Gabriel García Márquez:
“[…] jamás he trabajado en soledad comparable, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras”.
“A veces me salta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta…” (4).
Pero, ¿por qué Rabelais y no Flaubert o el mismo Henry James o cualquiera otro de los grandes escritores que sufrieron trabajando sus obras "como un condenado poniendo a raya la retórica"?
Esa referencia volvió a desatar mi daimón de la certeza/duda, ahí había algo raro.
De acuerdo con la carta, la contradicción es evidente, porque, en la realidad histórica y literaria, François Rabelais no es precisamente el modelo ejemplar de escritor que pueda ser descrito: "sufro como un condenado poniendo a raya la retórica", no se corresponde en lo más mínimo con la intención que se invoca, la cual, para ser justos, sería mucho más compatible con Flaubert o con el mismo Henry James o con muchos otros grandes escritores reconocidos por lo esforzado de su trabajo literario y, por lo tanto, menos plausibles para la "estratagema" de Mercedes.
Sin embargo, para la intención que pretendían estos "confabulados literarios", François Rabelais si era el actor preciso para desempeñar ese papel en la trama, era el modelo plausible de la "estratagema" de Mercedes y el mejor para darle verosimilitud a la mentira que oculta. O, para ocultar otro de los confabulados, como más adelante mostraré.
Por una parte, porque en François Rabelais se encarna perfectamente eso de "buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario" que el personaje oculto tras ese "alias" representa y, por la otra, porque su vida y su obra se correspondían con la intención, la naturaleza, al igual que con el tono "gargantuesco y pantagruelesco" de Cien años de soledad, bien ejemplarizados en Gargantúa y Pantagruel.
Abundando en detalles y, si se quiere, más ceñido a lo histórico, hay que recordar que François Rabelais se inspira directamente en el folclore y en la tradición oral popular. En 1532 publica, bajo el anagrama de Alcofribas Nasier, la primera de sus dos grandes y notables novelas: Gargantúa, para la cual utiliza, como palimpsesto e inspiración un texto anónimo de la época titulado: Las grandes e inestimables crónicas del gran Gigante Gargantúa (Les Grandes et inevitables chroniques de l'énorme géant Gargantua),una colección anónima de cuentos populares, a la vez épicos y cómicos, los cuales extraían sus fuentes de los libros de caballería de la Edad Media, en particular del ciclo artúrico.
Otra parte de la "estratagema que encajaba con precisión, porque, así, se abría la posibilidad a esa y a muchas otras alternativas de interpretación con las que se podían relacionar de manera verosímil François Rabelais y Cien años de soledad y, a partir de allí, ser compatibles con Faulkner (sus relatos se originan en una imagen), Hawthorne, Melville, Virginia Woolf y su Mrs. Dalloway, Joyce y su Ulises, a la que seguiría una interminable y aristocrática genealogía literaria, que todavía no ha terminado de construirse o, ¿será deconstruirse?, para, de esa manera, emparentarla con lo mejor de la gran literatura de todos los tiempos. Labor que han realizado, hasta la saturación, los críticos literarios.
Sí, en ese marco histórico y literario se podía implicar todo, cualquier cosa, menos la verdad verdadera, la real identidad que juguetona y deliberadamente se quería ocultar, la de quiénes eran los verdaderos protagonistas, esos que, ahora, herméticos y callados, se sonríen con burla, tras el mural de sombras, de pistas y de claves que, al romper el código encriptado en el texto del discurso de Carlos Fuentes, permiten desvelar el enigma.
No podía ser de otra manera, si mantengo la coherencia con los secretos y misterios que ya he desvelado en los capítulos anteriores, sé que, si bien, no puede afirmarse, irrefutablemente, que Cien años de soledad se haya escrito sobre uno o varios palimpsestos, a partir de una o varias inspiraciones, si tiene que ser cierto que en su nacimiento e inspiración, además de la desbordante imaginación de Gabriel García Márquez, de las historias familiares, los motivos del el folclore y de la tradición oral popular, tuvieron que estar presentes otras causas y motivos que expandieron sus grandes capacidades y habilidades de escritor. Algunas de esas causas y motivos son los que he demostrado y continuaré demostrando.
Volviendo a leer la cita de la carta sobre el "nacimiento" y la escritura de Cien años de soledad y aceptando que estos dos eventos si están íntimamente conectados con Bajo el volcán y con Malcolm Lowry, esa será exactamente la conexión y las correspondencias que se tratan de ocultar con la "estratagema" de Mercedes.
Ocultar ese Gabriel García Márquez que se identifica a plenitud con Malcolm Lowry, el escritor poseído por la escritura y por su obra. Un Lowry que desde las páginas de Bajo el volcán adiestra, en su "Sabiduría Secreta", a este nuevo alumno que como un zopilote se le ha asentado sobre el hombro y lee lo que el maestro alquimista, cabalista y "mago", ha escrito:
"Mientras tanto, ¿me imaginas todavía trabajando en el libro intentando aún responder a preguntas tales como: existe una realidad última, externa, consciente y omnipresente, etc., etc., que pueda ser comprendida por cualesquiera medios aceptables a todos los credos y religiones, y que pueda adaptarse a todos los climas y países? ¿O acaso me imaginas entre Misericordia y Comprensión, entre Chesed y Binah (pero aún en Chesed) -mi equilibrio, y el equilibrio lo es todo, precario- oscilando sobre el horrible vacío infranqueable, la vía del todo indiscernible del rayo de Dios que vuelve a Dios? ¡Como si alguna vez hubiera estado en Chesed! Más bien en el Qli-photh. ¡Cuando debiera haber estado escribiendo herméticos volúmenes en verso titulados El triunfo de Humpty Dumty o La nariz de Verruga Luminosa! O, mejor todavía, como Clare, "urdiendo visión aterradora"... Hay un poeta frustrado en cada hombre. Aunque en las circunstancias actuales tal vez sea buena idea fingir cuando menos que se está realizando la gran obra personal sobre la "Sabiduría Secreta" y entonces se pueda afirmar, si nunca se llega a publicar, que el título mismo explica esta falta".
Para enseguida agregar esta queja:
"... Pero, ¡ay del Caballero de la Triste Figura!, ¡oh Yvonne, me persigue tanto el recuerdo de tus canciones" (BV: cap. I, p. 61).
O, un Malcolm Lowry que también es poeta:
"[...] que ofrece poemas a Rilke y a Yeats:
"Ayúdenme a escribir,
Abran las puertas
que hasta el orden conducen
Y rescaten mi alma
De esta jaula
En que mi voluntad
Brama entre rejas" (5).
El mismo Malcolm Lowry, escritor obsesivo que como Gabriel García Márquez, sufre, con cada una de sus obras, "como un condenado poniendo a raya la retórica".
Esta imagen de Gabriel García Márquez sobre la ardua y dolorosa labor de escritura se corresponde con la de Malcolm Lowry que debió leer en la semblanza biográfica que hizo Conrad Knickerbocker, publicada en el número especial de la Revista de la Universidad de México, en 1964:
"Con las furias bajo control, se asentó en la Columbia Británica, aplicándose a elaborar y pulir la novela, con diversas incursiones en Lunar Caustic, en Ballast, y en poesía. A veces le resultaba tan difícil la escritura que llegaba a gemir en voz alta, pero seguía avanzando, escribiendo casi siempre con letra grande sobre cualquier cosa que tuviese a mano: sobres viejos, blocs, al dorso de otros manuscritos, e incluso en las "cartas" de los restaurantes. Cuando se estancaba en alguno de sus proyectos pasaba a otro: "como un xilofonista", comentaba su esposa. Con frecuencia llegaba a reunir hasta veinte versiones diferentes de una misma frase, o de un párrafo, y, a veces, de un capítulo entero que surgía de improviso, terminando por aturdir a Margerie de tanto hacérselo pasar a máquina. Luego, le pedía que escribiese su propia versión, a la que llamaba "Margerie-version" y, a partir de ahí, volvía a empezar de nuevo. En otros períodos posteriores, en que también bebió mucho, por lo menos tomaba notas. A la postre, el éxito, el alcohol, y hasta su amada playa de Dollarton le fallaron, pero su trabajo jamás" (6).
Ese fue el Malcolm Lowry que dedicó nueve años a la escritura, borradores sobre borradores, revisiones sobre revisiones, de Bajo el volcán, primero, un cuento, luego, una primera versión, desaparecida, y, finalmente, a otras tres versiones, la última de las cuales, la cuarta (al fin La Gran Obra).
Esas imágenes de Conrad Knickerbocker, son las mismas que, diez años después, Douglas Day reinterpretó a partir de las notas que aquel le heredara, antes de suicidarse, en la escritura de la que se considera es la biografía oficial de Malcolm Lowry:
"Mientras tanto, el hijo pródigo trabajaba diariamente, encorvado durante horas sobre su improvisado escritorio, mirando fijamente Bajo el volcán y desarrollándose lentamente hasta lo que llegaría a ser después. Empezaba cada mañana, de pie, frente a su escritorio, sostenido sobre el dorso de su mano izquierda (siempre con la palma hacia arriba, a la manera de los monos), y arañando su casi ilegible manuscrito con la derecha. Durante la primera hora, más o menos, Margerie tenía que sentarse totalmente inmóvil, en el cuarto contiguo. Escuchaba ella desde allí profundos suspiros y gemidos. Luego silencio absoluto. Luego unas aspiraciones inquietas y entonces se lanzaba, totalmente insensible a cualquier tipo de ruido que ella pudiera hacer. Ésta era la rutina de cada día, aunque trabajaba un número variable de horas. Rara vez escribió por la tarde; reservaba este tiempo para caminar con Margerie o para leer, o bien para visitar a sus nuevos amigos o, en las noches de los sábados, tomar un baño en la gran tina que Margerie había comprado en Vancouver" (7).
Este estado de ánimo y posesión, de agonía y éxtasis, de Malcolm Lowry, es el mismo que manifestó en sus cartas y del que se tienen en los testimonios de quienes se relacionaron con él durante la escritura de Bajo el volcán y de sus otras obras. La descripción de todo ello es descrito y documentado dramáticamente por Douglas Day en los capítulos V y VI, de su biografía, los cuales se soportan básicamente en los testimonios de Margerie, la que "tenía que sentarse totalmente inmóvil, en el cuarto contiguo" (¿Alguna semejanza con el papel que Mercedes Barcha desempeña durante la escritura de Cien años de soledad?)
Algunas de las cartas y de los testimonios citados por Douglas Day en su biografía, ya habían sido publicados, tanto en inglés como en versiones en español, para 1964 (8).
Ese es el mismo o similar estado de ánimo y trabajo que mejor y con mayor precisión se corresponde con lo expresado por Gabriel García Márquez en su carta a Carlos Fuentes y con las descripciones que, con posterioridad, ha hecho sobre su disciplina y forma de trabajo. Y, por supuesto, con la escritura de Melquíades, el autor de las profecías de los pergaminos.
O, para ser más precisos, en su carta, Gabriel García Márquez bien pudo haber escrito el mismo párrafo que Malcolm Lowry escribiera en Bajo el volcán:
"Mientras tanto, ¿me imaginas todavía trabajando en el libro, intentando aún responder a preguntas tales como: ¿existe una realidad última, externa, consciente y omnipresente, etc., etc., que pueda ser comprendida por cualesquiera medios aceptables a todos los credos y religiones, y que pueda adaptarse a todos los climas y países?" (BV: cap. 1, p. 61).
Las explicaciones anteriores podrían considerase como una interpretación, también plausible, del estado de ánimo de Gabriel García Márquez durante el tiempo de su escritura. Su carta es la expresión del estado de ánimo y posesión, de las agonías y éxtasis, del alumno iniciado en su proceso de transmutación y de "furor" imaginativo.
Pero no es posible dejarse engañar. La "estratagema" de Mercedes pareciera no dejar cabo sin atar. Es necesario incluir en el análisis otros elementos.
Están, por una parte, todas aquellas las historias, reales o ficticias, sobre lo qué sucedió en los tiempos de la escritura de Cien años de soledad:
Aquella historia de la mecanógrafa a la que, al bajarse de un bus en medio de un aguacero, se le caen en un charco de la calle las cuartillas recién mecanografiadas y tiene que secarlas con el calor de una plancha o, aquella otra y tan popular: lo dramático del envió del original a la Editorial Sudamericana en Buenos Aires, que tuvieron que partirlo en dos paquetes, porque no tenían el dinero completo para pagarlo como un único paquete y, ni se diga, la desaparición de ese original, del que sólo restan las pruebas tipográficas, ya material de coleccionistas.
En fin, esa disciplina "suicida de escribir", el aquelarre de los amigos, las consultas, las lecturas, etc., son muchas las anécdotas, las historias, los mitos, las leyendas, que se van incorporando y que es necesario tenerlas en cuenta como parte de la "estratagema" de Mercedes.
Anécdotas, historias, leyendas que se conectan y corresponden, como analogías, con las historias de Malcolm Lowry: los nueve años de escritura de Bajo el volcán y el dramático incendio de la cabaña en Dollarton en el cual casi se quema la última versión y él resultó herido, etc.
Son historias ya convertidas en mitos y leyendas que hacen pensar en el destino, casual o causal, que unen a Bajo el volcán y a Cien años de soledad en una conexión y correspondencia secreta y misteriosa. ¿Quien puede saberlo?
Pero, en este juego de espejos las imágenes se multiplican sin fin y François Rabelais no ha concluido su actuación en este Auto sacramental.
Hay que recordar que François Rabelais fue habitante de ese mundo y esos tiempos en los que los "magos renacentistas" y los maestros alquimistas desataban el "furor de la imaginación" como "el gran poder" y ocultaban sus Opus Magnun tras elaborados y simbólicos lenguajes como forma para evitar ser condenados y consumidos en los fuegos de la Inquisición, un fuego que los privaba de la posibilidad de transmutarse a sí mismos en las llamas de sus forjas mágicas.
Ese será el asunto del siguiente capítulo.
NOTAS
(1) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007 (609 p.), p. XXI.
(2) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53.
(3) Henry James, Los papeles de Aspern, Fabula-Tusquets, Barcelona, 2001, p. 9.
(4) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad…, p. XXII.
(5) Malcolm Lowry, citado por Douglas Day en su biografía de Malcolm Lowry (Versión de José Emilio Pacheco recogida en No me preguntes cómo pasa el tiempo, Mortiz, México, 1969, p. 103), p. 319.
(6) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53.
(7) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, pp. 331-332.
(8) Para los interesados en informarse sobre la historia de la escritura de Bajo el volcán y las circunstancias que la rodearon, especialmente, la permanencia de Malcolm Lowry en Cuernavaca y Canadá, recomiendo la biografía de Douglas Day, considerado el biógrafo oficial del escritor:
- Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía..., capítulos V y VI.
Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Capítulo 4
Aquelarre de magos: Bruno, Lowry, García, Márquez, Julio Cortázar
Con todo lo ya descifrado, las siguientes citas del discurso de Carlos Fuentes tienen que contener otras pistas y claves que permitan esclarecer otras partes de los misterios y secretos tras los cuales se ocultan las historias del génesis de Cien años de soledad y que bien pueden o no ser parte de la "estratagema" de Mercedes o, quizás, otras historias que tienen que ser desveladas.
A continuación voy a descifrar otras dos de las referencias del discurso de Carlos Fuentes: una, la cita del concepto del presidente francés François Mitterrand sobre Gabriel García Márquez y sobre Cien años de soledad. Otra, aquella en la que, exactamente después de la carta de Gabriel García Márquez, se anuncia el fin de la escritura de Cien años de soledad y se cuenta la historia de la carta que Carlos Fuentes le envía a Julio Cortázar a Saignon, una aldea al sur de Francia, por medio de un primitivo servicio de correo, con el fin de celebrar y compartir el advenimiento de Cien años de soledad y las implicaciones de lo escrito en ella.
En primer lugar, es necesario contextualizar las citas de François Mitterrand en el texto de Carlos Fuentes. Primero. Esto fue lo escribió Mitterrand en sus memorias sobre Gabriel García Márquez y Cien años de soledad:
"[...] un hombre parecido a su obra: sólido, sonriente, silencioso..., dueño de un desierto de silencio como solo las selvas tropicales pueden crear"[...] "Desde que leí Cien años de soledad -añade Mitterrand- la obra me ha embrujado" (1).
Luego, Carlos Fuentes explica su apreciación sobre los conceptos de François Mitterrand y narra el periplo de Gabriel García Márquez hasta su arribo a México y relata una extraña y mágica anécdota, justo antes de empezar a contar las anécdotas kafkianas:
"Juntos entramos al Museo de Antropología. Juntos indagamos el misterio de la Coatlicue, la diosa madre de los aztecas, representada en un masivo monolito cuyos terribles elementos -serpientes, calaveras, manos laceradas, sexo impenetrable- le proclamaban a la ciudad y al mundo:
- Yo soy Venus. Yo no soy una diosa humana. Yo soy diosa porque "no soy" humana.
Entonces, después de diez minutos de contemplación, García Márquez dice:
- Ya entendí a México.
Que es algo más de lo que podemos decir los mexicanos, constantemente sorprendidos por un país que no acabamos de descubrir pero en el cual García Márquez se acomodó con la sabiduría de hechicero que le atribuía Mitterrand" (2).
Descomponiendo la cita por partes, me pregunto: ¿Qué papel juega aquí esa Venus/Afrodita, que es la diosa del amor griego, romano y renacentista que une cuerpo y espíritu, cielo y tierra, y la que, a su vez, es también una diosa azteca del tiempo y la creación y un elemento alquímico?
Esa Venus/Afrodita, más conocida en las mitologías europeas, sin embargo, también hace parte de las tradiciones mesoamericanas y alquímicas:
"Conocida es la gran importancia de Venus y del ciclo venusiano en las antiguas civilizaciones centroamericanas, y especialmente entre los mayas y los aztecas, tanto para el establecimiento del calendario como para su cosmogonía, estando el uno y la otra íntimamente ligados, por otra parte" (3).
En la tradición alquímica se usa para denominar un material alquímico:
"El color verde se suele asociar al cobre y sus compuestos y a Venus (lagarto verde o colcótar; a saber, óxido o vitriolo de hierro; león verde = cobre; lobo verde = vitriolo férrico)" (4).
Si se conectan estas referencias como correspondencias de esas tradiciones con los significados que adquieren en el contexto del discurso, lo que Carlos Fuentes está trazando en esta parte de su texto es un círculo en el cual se encierran la magia renacentista, la alquimia y la brujería.
Entonces, ¿Cuál es esa magia renacentista y quién es el "hechicero", el "mago", cuya obra "embrujó" a Mitterrand a través de Cien años de soledad?
El origen de esa magia renacentista es revelada, sin ninguna duda, por las mismas palabras del propio François Mitterrand, quien sabía qué y por qué lo decía, ya que según Carlos Fuentes es:
"Seguramente un hombre tan perspicaz como este francés esencial, que por serlo jamás dijo una tontería".
En todo texto hermético los verdaderos significados se ocultan por medio de las relaciones metafóricas, alegóricas o analógicas de palabras claves y sus correspondencias con palabras de otros textos.
Para realizar mi proceso de descifrado, selecciono, de lo escrito por François Mitterrand, dos oraciones a las que considero claves por su sentido metafórico y por sus potenciales conexiones intertextuales con otros textos. Ellas son: "desierto de silencio" y "selvas tropicales".
Mi decisión se fundamenta en que palabras y oraciones similares ya habían sido escritas, tres siglos atrás, por un "mago", un "hechicero", conocido y trágico y porque con ellas, François Miterrand, establece una referencia, una conexión y una correspondencia con ese personaje, a quien admiraba por "mago" y "hechicero" y "hereje" y, de esa forma, genera una comparación y una conexión de méritos y potencias compartidos con Gabriel García Márquez.
Dadas mis simpatías alquímico literarias, no me fue nada difícil decidir que ese "mago" y "hechicero" y "hereje" era Giordano Bruno, el monje incinerado en las hogueras de la Inquisición, acusado de poseer esas condiciones.
Giordano Bruno fue maestro de filosofía, nemotécnica y de "la magia natural" y en obras suyas como Los heroicos furores y De Imaginum, signorum et idearum compositione, enseña sobre los misterios del poder de la "magia natural", el "furor" de la imaginación, flamante y luminosa, como es el máximo poder por el cual se logran las mayores proezas de la mente humana. Una portentosa y deliciosa conexión.
Esto es lo que escribió Giordano Bruno en Los heroicos furores. Llamo la atención sobre las dos oraciones que ya señalé en el texto de François Mitterrand: "desierto de silencio" y "selvas tropicales", para las cuales encuentro su equivalencia en el texto de Giordano Bruno, cuando él escribe: "hacia la espesura" y a continuación, "desierto". La primera oración una cita directa de los primeros versos de Dante en la Divina comedia, porque con ellas, además, se conectan ese diálogo de Giordano Bruno y el concepto de François Mitterrand y, de allí, retornamos a la selva de Bajo el volcán:
"He aquí pues cómo Acteón, convertido en presa de sus propios canes, perseguido por sus propios pensamientos, corre y "dirige los nuevos pasos" -renovado en cuanto procede divinamente y con mayor ligereza, es decir, con mayor facilidad y con más eficaz vigor- "hacia la espesura", hacia los desiertos, hacia la región de las cosas incomprensibles; de hombre vulgar y común como era, se torna raro y heroico, tiene costumbres y conceptos raros, y lleva una vida extraordinaria. Y en este punto "le dan muerte sus muchos y grandes canes", acabando aquí su vida según el mundo loco, sensual, ciego e ilusorio, y comenzando a vivir intelectualmente; vive la vida de los dioses, nútrese de ambrosía y de néctar se embriaga" (Giordano Bruno, Los heroicos Furores, I, 4).
En el diálogo de Los heroicos Furores, Giordano Bruno exalta las bondades y potencias del "furor" de la imaginación, mientras que en De Imaginum, signorum et idearum compositione, enseña y explica, de forma más explícita y práctica, los procesos mediante los cuales es posible desarrollar el poder de la "imaginación animada mágicamente":
"La potencia imaginativa es como un pintor, esto es, como el consolidador de imágenes infinitas, que fabrica haciendo múltiples combinaciones con las cosas vistas y oídas. Fácilmente empero podemos conocer a la imaginación, que se rige por las leyes de la razón; siempre muestra y manifiesta, ciertamente, en la superficie de los sentidos el orden y la trabazón más idóneas de miembros con miembros. Más nosotros también enseñamos... el arte que de todas las cosas hace todas las cosas" (Giordano Bruno, De Imaginum, signorum et idearum compositione).
Una explicación contemporánea para esa "magia natural" de Giordano Bruno la ofrece Patrick Harpur:
"La ascensión de la escalera daimónica exigía un "furor" de amor -una mezcla de fiera meditación, magia ritual rigurosa e imaginación intensa, apasionada-, para tomar por asalto "las negras puertas de diamantes" de la psique profunda y liberar visiones, revelaciones e incluso poderes sobrenaturales" (5).
Cuál mejor y más extraordinaria explicación para aquello de "la sabiduría de hechicero que le atribuía François Mitterrand" a Gabriel García Márquez y al embrujo de Cien años de soledad.
Se desvela entonces la emergencia y la operación de la hermética "magia natural" renacentista del poder de la imaginación enseñada por Giordano Bruno, la que Malcolm Lowry procesa en Bajo el volcán y que Gabriel García Márquez magnifica en Cien años de soledad.
He aquí un aquelarre de "magos y hechiceros": Bruno, Lowry, García Márquez, Fuentes y, ya viene, Julio Cortázar.
Hay que explicar ahora la conexión y correspondencias alquímicas que conectan al maestro Malcolm Lowry con sus alumnos e iniciados: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar, que ahora entra en la escena.
Si bien al principio, la referencia a Julio Cortázar y a la carta que le envía Carlos Fuentes a Francia en el momento del advenimiento de Cien años de soledad, me sugería especular sobre varias y posibles alternativas. Una de ellas, la que me parecía más plausible y que me permitía intentar un proceso de interpretación lo más ajustado posible con el contexto del discurso de Carlos Fuentes, fue la que resolví de la siguiente manera:
Opté por devolverme unas líneas, hasta donde se cita a François Rabelais en la carta de Gabriel García Márquez, a la que sigue esa amplia explicación sobre el domicilio francés de Julio Cortázar y con ello abducir que ambas cosas tenían que estar relacionadas. En estas condiciones sólo me quedaba hacer una interpretación plausible:
Dada esa relación habría que considerar que François Rabelais y Julio Cortázar eran uno y el mismo, un alias, un sobrenombre, un nombre en clave, con el cual se ocultaba una identidad real como parte de la "estratagema" de Mercedes.
Nada era imposible. La disciplina, los estados de escritura y su categoría de "iniciado alquimista", con los cuales se podría también definir a Julio Cortázar, bien podrían corresponderse con las disciplinas del maestro Malcolm Lowry. La obra publicada de Julio Cortázar, a ese momento, también lo elevaban a la categoría de "mago" y "hechicero" de la imaginación. Razones por las cuales era justo ese reconocimiento "a nuestro grande y común amigo", lo que me hizo pensar que Julio Cortázar también formó parte y participó de la "estratagema".
Sin embargo, había un asombro mayor que emergía de esa carta de Carlos Fuentes a Julio Cortázar y el cual se hacía patente mediante otra lectura, una lectura que desvela, palabra a palabra, las simpatías alquímicas, las conexiones y correspondencias de la "magia natural", cuando se incluye en el análisis y en la interpretación la enigmática expresión que Malcolm Lowry hace en la carta a Yvonne en el capítulo I de Bajo el volcán y en la que también se refiere a don Quijote como lo hace Carlos Fuentes en su carta a Julio Cortázar:
"... Pero, ¡ay del Caballero de la Triste Figura!, ¡oh Yvonne, me persigue tanto el recuerdo de tus canciones" (BV: cap. I, p. 61).
Pura alquimia literaria. Por ello recomiendo leer la trascripción que hago a continuación de cita completa de la carta a Julio Cortázar enfocando el "furor de la imaginación" y contando con unos buenos diccionarios sobre alquimia y "magia natural" a la mano, para así poder verificar los significados que en esas disciplinas tienen: imaginación liberadora, capturado, privado, enclaustrado, re-inventado, pasaje, mutación, generación, re-generación, exaltación, etc., así como de aquellas otras palabras relacionadas con las ya explicadas atrás: selva, llanuras, todo ello dentro del contexto de las frases en las que han sido incluidas.
Esta es la trascripción de la carta:
"Querido Julio:
Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar el mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!
Y añado: "Pero en algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de cenizas en la frente que venga a protestar contra la crónica del biznieto del coronel Gerineldo Márquez, corrija los inevitables errores y proponga una nueva lectura, radical e inédita, de los pergaminos de Melquíades. Un día, querido Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad: una generación y una re-generación infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin.
Y qué sentimiento de que cada gran novela latinoamericana nos libera un poco, nos permite delimitar en la exaltación nuestro propio territorio, profundizar la creación de la lengua con la conciencia fraternal de que otros escritores en castellano están completando tu propia visión, dialogando contigo.
Dialogando con nosotros".
En el primer párrafo de la carta de Carlos Fuentes vuelvo a encontrar la conexión entre Los heroicos furores, Bajo el volcán, la carta a Julio Cortázar y Cien años de soledad, la cual se establece por medio de la referencia a don Quijote que hace Malcolm Lowry, porque es a través de ella que se transpone o superpone la idea de liberación y de conquista alcanzado por el "furor de la imaginación". Repito lo que escribieron.
Lo que escribió Giordano Bruno:
"He aquí pues cómo Acteón, convertido en presa de sus propios canes, perseguido por sus propios pensamientos, corre y "dirige los nuevos pasos" -renovado en cuanto procede divinamente y con mayor ligereza, es decir, con mayor facilidad y con más eficaz vigor- "hacia la espesura", hacia los desiertos, hacia la región de las cosas incomprensibles".
La referencia a don Quijote de Malcolm Lowry:
"... Pero, ¡ay del Caballero de la Triste Figura!, ¡oh Yvonne, me persigue tanto el recuerdo de tus canciones" (BV: cap. 1, p. 61).
Lo que escribió Carlos Fuentes:
"He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe intentar el mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas".
Como puede deducirse, el diálogo entre estos contertulios se hace intemporal, es un diálogo de maestros alquimistas, de "magos" y "hechiceros" de la literatura, todos ellos inspirados por el Opus Magnun de un gran maestro alquimista, cabalista, mago y hechicero: Malcolm Lowry y Bajo el volcán, quienes festejan la aparición de la Gran Obra con la que un iniciado se ha transmutado en maestro por el "furor" de la alquimia literaria: Gabriel García Márquez y sus Cien años de soledad.
Yo pienso que si, espero que ustedes también.
Pero todavía falta el mayor de los prodigios, demostrar:
¿Quién es Melquíades?
El primer paso, en el siguiente capítulo, será demostrar la certeza de la pregunta y de la respuesta que ya había anticipado en la introducción:
¿Quién es el personaje real y concreto que inspiró al personaje de Melquíades en Cien años de soledad?:
NOTAS
(1) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007, p. XVII.
(2) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad..., p. XVIII.
(3) Jean Chevalier/Alain Gheerbrant, Diccionario de símbolos, Herder, 1991, p. 1055
(4) Claus Priesner, Karin Figala (editores), Alquimia. Enciclopedia de una ciencia hermética, Herder, Barcelona, 2001, p. 158
(5) Patrick Harpur, El fuego secreto de los filósofos, Atalanta, Girona, 2006, p. 197.
al "furor" de Cien años de soledad
Capítulo 4
Aquelarre de magos: Bruno, Lowry, García, Márquez, Julio Cortázar
Con todo lo ya descifrado, las siguientes citas del discurso de Carlos Fuentes tienen que contener otras pistas y claves que permitan esclarecer otras partes de los misterios y secretos tras los cuales se ocultan las historias del génesis de Cien años de soledad y que bien pueden o no ser parte de la "estratagema" de Mercedes o, quizás, otras historias que tienen que ser desveladas.
A continuación voy a descifrar otras dos de las referencias del discurso de Carlos Fuentes: una, la cita del concepto del presidente francés François Mitterrand sobre Gabriel García Márquez y sobre Cien años de soledad. Otra, aquella en la que, exactamente después de la carta de Gabriel García Márquez, se anuncia el fin de la escritura de Cien años de soledad y se cuenta la historia de la carta que Carlos Fuentes le envía a Julio Cortázar a Saignon, una aldea al sur de Francia, por medio de un primitivo servicio de correo, con el fin de celebrar y compartir el advenimiento de Cien años de soledad y las implicaciones de lo escrito en ella.
En primer lugar, es necesario contextualizar las citas de François Mitterrand en el texto de Carlos Fuentes. Primero. Esto fue lo escribió Mitterrand en sus memorias sobre Gabriel García Márquez y Cien años de soledad:
"[...] un hombre parecido a su obra: sólido, sonriente, silencioso..., dueño de un desierto de silencio como solo las selvas tropicales pueden crear"[...] "Desde que leí Cien años de soledad -añade Mitterrand- la obra me ha embrujado" (1).
Luego, Carlos Fuentes explica su apreciación sobre los conceptos de François Mitterrand y narra el periplo de Gabriel García Márquez hasta su arribo a México y relata una extraña y mágica anécdota, justo antes de empezar a contar las anécdotas kafkianas:
"Juntos entramos al Museo de Antropología. Juntos indagamos el misterio de la Coatlicue, la diosa madre de los aztecas, representada en un masivo monolito cuyos terribles elementos -serpientes, calaveras, manos laceradas, sexo impenetrable- le proclamaban a la ciudad y al mundo:
- Yo soy Venus. Yo no soy una diosa humana. Yo soy diosa porque "no soy" humana.
Entonces, después de diez minutos de contemplación, García Márquez dice:
- Ya entendí a México.
Que es algo más de lo que podemos decir los mexicanos, constantemente sorprendidos por un país que no acabamos de descubrir pero en el cual García Márquez se acomodó con la sabiduría de hechicero que le atribuía Mitterrand" (2).
Descomponiendo la cita por partes, me pregunto: ¿Qué papel juega aquí esa Venus/Afrodita, que es la diosa del amor griego, romano y renacentista que une cuerpo y espíritu, cielo y tierra, y la que, a su vez, es también una diosa azteca del tiempo y la creación y un elemento alquímico?
Esa Venus/Afrodita, más conocida en las mitologías europeas, sin embargo, también hace parte de las tradiciones mesoamericanas y alquímicas:
"Conocida es la gran importancia de Venus y del ciclo venusiano en las antiguas civilizaciones centroamericanas, y especialmente entre los mayas y los aztecas, tanto para el establecimiento del calendario como para su cosmogonía, estando el uno y la otra íntimamente ligados, por otra parte" (3).
En la tradición alquímica se usa para denominar un material alquímico:
"El color verde se suele asociar al cobre y sus compuestos y a Venus (lagarto verde o colcótar; a saber, óxido o vitriolo de hierro; león verde = cobre; lobo verde = vitriolo férrico)" (4).
Si se conectan estas referencias como correspondencias de esas tradiciones con los significados que adquieren en el contexto del discurso, lo que Carlos Fuentes está trazando en esta parte de su texto es un círculo en el cual se encierran la magia renacentista, la alquimia y la brujería.
Entonces, ¿Cuál es esa magia renacentista y quién es el "hechicero", el "mago", cuya obra "embrujó" a Mitterrand a través de Cien años de soledad?
El origen de esa magia renacentista es revelada, sin ninguna duda, por las mismas palabras del propio François Mitterrand, quien sabía qué y por qué lo decía, ya que según Carlos Fuentes es:
"Seguramente un hombre tan perspicaz como este francés esencial, que por serlo jamás dijo una tontería".
En todo texto hermético los verdaderos significados se ocultan por medio de las relaciones metafóricas, alegóricas o analógicas de palabras claves y sus correspondencias con palabras de otros textos.
Para realizar mi proceso de descifrado, selecciono, de lo escrito por François Mitterrand, dos oraciones a las que considero claves por su sentido metafórico y por sus potenciales conexiones intertextuales con otros textos. Ellas son: "desierto de silencio" y "selvas tropicales".
Mi decisión se fundamenta en que palabras y oraciones similares ya habían sido escritas, tres siglos atrás, por un "mago", un "hechicero", conocido y trágico y porque con ellas, François Miterrand, establece una referencia, una conexión y una correspondencia con ese personaje, a quien admiraba por "mago" y "hechicero" y "hereje" y, de esa forma, genera una comparación y una conexión de méritos y potencias compartidos con Gabriel García Márquez.
Dadas mis simpatías alquímico literarias, no me fue nada difícil decidir que ese "mago" y "hechicero" y "hereje" era Giordano Bruno, el monje incinerado en las hogueras de la Inquisición, acusado de poseer esas condiciones.
Giordano Bruno fue maestro de filosofía, nemotécnica y de "la magia natural" y en obras suyas como Los heroicos furores y De Imaginum, signorum et idearum compositione, enseña sobre los misterios del poder de la "magia natural", el "furor" de la imaginación, flamante y luminosa, como es el máximo poder por el cual se logran las mayores proezas de la mente humana. Una portentosa y deliciosa conexión.
Esto es lo que escribió Giordano Bruno en Los heroicos furores. Llamo la atención sobre las dos oraciones que ya señalé en el texto de François Mitterrand: "desierto de silencio" y "selvas tropicales", para las cuales encuentro su equivalencia en el texto de Giordano Bruno, cuando él escribe: "hacia la espesura" y a continuación, "desierto". La primera oración una cita directa de los primeros versos de Dante en la Divina comedia, porque con ellas, además, se conectan ese diálogo de Giordano Bruno y el concepto de François Mitterrand y, de allí, retornamos a la selva de Bajo el volcán:
"He aquí pues cómo Acteón, convertido en presa de sus propios canes, perseguido por sus propios pensamientos, corre y "dirige los nuevos pasos" -renovado en cuanto procede divinamente y con mayor ligereza, es decir, con mayor facilidad y con más eficaz vigor- "hacia la espesura", hacia los desiertos, hacia la región de las cosas incomprensibles; de hombre vulgar y común como era, se torna raro y heroico, tiene costumbres y conceptos raros, y lleva una vida extraordinaria. Y en este punto "le dan muerte sus muchos y grandes canes", acabando aquí su vida según el mundo loco, sensual, ciego e ilusorio, y comenzando a vivir intelectualmente; vive la vida de los dioses, nútrese de ambrosía y de néctar se embriaga" (Giordano Bruno, Los heroicos Furores, I, 4).
En el diálogo de Los heroicos Furores, Giordano Bruno exalta las bondades y potencias del "furor" de la imaginación, mientras que en De Imaginum, signorum et idearum compositione, enseña y explica, de forma más explícita y práctica, los procesos mediante los cuales es posible desarrollar el poder de la "imaginación animada mágicamente":
"La potencia imaginativa es como un pintor, esto es, como el consolidador de imágenes infinitas, que fabrica haciendo múltiples combinaciones con las cosas vistas y oídas. Fácilmente empero podemos conocer a la imaginación, que se rige por las leyes de la razón; siempre muestra y manifiesta, ciertamente, en la superficie de los sentidos el orden y la trabazón más idóneas de miembros con miembros. Más nosotros también enseñamos... el arte que de todas las cosas hace todas las cosas" (Giordano Bruno, De Imaginum, signorum et idearum compositione).
Una explicación contemporánea para esa "magia natural" de Giordano Bruno la ofrece Patrick Harpur:
"La ascensión de la escalera daimónica exigía un "furor" de amor -una mezcla de fiera meditación, magia ritual rigurosa e imaginación intensa, apasionada-, para tomar por asalto "las negras puertas de diamantes" de la psique profunda y liberar visiones, revelaciones e incluso poderes sobrenaturales" (5).
Cuál mejor y más extraordinaria explicación para aquello de "la sabiduría de hechicero que le atribuía François Mitterrand" a Gabriel García Márquez y al embrujo de Cien años de soledad.
Se desvela entonces la emergencia y la operación de la hermética "magia natural" renacentista del poder de la imaginación enseñada por Giordano Bruno, la que Malcolm Lowry procesa en Bajo el volcán y que Gabriel García Márquez magnifica en Cien años de soledad.
He aquí un aquelarre de "magos y hechiceros": Bruno, Lowry, García Márquez, Fuentes y, ya viene, Julio Cortázar.
Hay que explicar ahora la conexión y correspondencias alquímicas que conectan al maestro Malcolm Lowry con sus alumnos e iniciados: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar, que ahora entra en la escena.
Si bien al principio, la referencia a Julio Cortázar y a la carta que le envía Carlos Fuentes a Francia en el momento del advenimiento de Cien años de soledad, me sugería especular sobre varias y posibles alternativas. Una de ellas, la que me parecía más plausible y que me permitía intentar un proceso de interpretación lo más ajustado posible con el contexto del discurso de Carlos Fuentes, fue la que resolví de la siguiente manera:
Opté por devolverme unas líneas, hasta donde se cita a François Rabelais en la carta de Gabriel García Márquez, a la que sigue esa amplia explicación sobre el domicilio francés de Julio Cortázar y con ello abducir que ambas cosas tenían que estar relacionadas. En estas condiciones sólo me quedaba hacer una interpretación plausible:
Dada esa relación habría que considerar que François Rabelais y Julio Cortázar eran uno y el mismo, un alias, un sobrenombre, un nombre en clave, con el cual se ocultaba una identidad real como parte de la "estratagema" de Mercedes.
Nada era imposible. La disciplina, los estados de escritura y su categoría de "iniciado alquimista", con los cuales se podría también definir a Julio Cortázar, bien podrían corresponderse con las disciplinas del maestro Malcolm Lowry. La obra publicada de Julio Cortázar, a ese momento, también lo elevaban a la categoría de "mago" y "hechicero" de la imaginación. Razones por las cuales era justo ese reconocimiento "a nuestro grande y común amigo", lo que me hizo pensar que Julio Cortázar también formó parte y participó de la "estratagema".
Sin embargo, había un asombro mayor que emergía de esa carta de Carlos Fuentes a Julio Cortázar y el cual se hacía patente mediante otra lectura, una lectura que desvela, palabra a palabra, las simpatías alquímicas, las conexiones y correspondencias de la "magia natural", cuando se incluye en el análisis y en la interpretación la enigmática expresión que Malcolm Lowry hace en la carta a Yvonne en el capítulo I de Bajo el volcán y en la que también se refiere a don Quijote como lo hace Carlos Fuentes en su carta a Julio Cortázar:
"... Pero, ¡ay del Caballero de la Triste Figura!, ¡oh Yvonne, me persigue tanto el recuerdo de tus canciones" (BV: cap. I, p. 61).
Pura alquimia literaria. Por ello recomiendo leer la trascripción que hago a continuación de cita completa de la carta a Julio Cortázar enfocando el "furor de la imaginación" y contando con unos buenos diccionarios sobre alquimia y "magia natural" a la mano, para así poder verificar los significados que en esas disciplinas tienen: imaginación liberadora, capturado, privado, enclaustrado, re-inventado, pasaje, mutación, generación, re-generación, exaltación, etc., así como de aquellas otras palabras relacionadas con las ya explicadas atrás: selva, llanuras, todo ello dentro del contexto de las frases en las que han sido incluidas.
Esta es la trascripción de la carta:
"Querido Julio:
Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar el mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!
Y añado: "Pero en algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de cenizas en la frente que venga a protestar contra la crónica del biznieto del coronel Gerineldo Márquez, corrija los inevitables errores y proponga una nueva lectura, radical e inédita, de los pergaminos de Melquíades. Un día, querido Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad: una generación y una re-generación infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin.
Y qué sentimiento de que cada gran novela latinoamericana nos libera un poco, nos permite delimitar en la exaltación nuestro propio territorio, profundizar la creación de la lengua con la conciencia fraternal de que otros escritores en castellano están completando tu propia visión, dialogando contigo.
Dialogando con nosotros".
En el primer párrafo de la carta de Carlos Fuentes vuelvo a encontrar la conexión entre Los heroicos furores, Bajo el volcán, la carta a Julio Cortázar y Cien años de soledad, la cual se establece por medio de la referencia a don Quijote que hace Malcolm Lowry, porque es a través de ella que se transpone o superpone la idea de liberación y de conquista alcanzado por el "furor de la imaginación". Repito lo que escribieron.
Lo que escribió Giordano Bruno:
"He aquí pues cómo Acteón, convertido en presa de sus propios canes, perseguido por sus propios pensamientos, corre y "dirige los nuevos pasos" -renovado en cuanto procede divinamente y con mayor ligereza, es decir, con mayor facilidad y con más eficaz vigor- "hacia la espesura", hacia los desiertos, hacia la región de las cosas incomprensibles".
La referencia a don Quijote de Malcolm Lowry:
"... Pero, ¡ay del Caballero de la Triste Figura!, ¡oh Yvonne, me persigue tanto el recuerdo de tus canciones" (BV: cap. 1, p. 61).
Lo que escribió Carlos Fuentes:
"He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe intentar el mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas".
Como puede deducirse, el diálogo entre estos contertulios se hace intemporal, es un diálogo de maestros alquimistas, de "magos" y "hechiceros" de la literatura, todos ellos inspirados por el Opus Magnun de un gran maestro alquimista, cabalista, mago y hechicero: Malcolm Lowry y Bajo el volcán, quienes festejan la aparición de la Gran Obra con la que un iniciado se ha transmutado en maestro por el "furor" de la alquimia literaria: Gabriel García Márquez y sus Cien años de soledad.
Yo pienso que si, espero que ustedes también.
Pero todavía falta el mayor de los prodigios, demostrar:
¿Quién es Melquíades?
El primer paso, en el siguiente capítulo, será demostrar la certeza de la pregunta y de la respuesta que ya había anticipado en la introducción:
¿Quién es el personaje real y concreto que inspiró al personaje de Melquíades en Cien años de soledad?:
NOTAS
(1) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007, p. XVII.
(2) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad..., p. XVIII.
(3) Jean Chevalier/Alain Gheerbrant, Diccionario de símbolos, Herder, 1991, p. 1055
(4) Claus Priesner, Karin Figala (editores), Alquimia. Enciclopedia de una ciencia hermética, Herder, Barcelona, 2001, p. 158
(5) Patrick Harpur, El fuego secreto de los filósofos, Atalanta, Girona, 2006, p. 197.
Desde las entrañas de Bajo el volcán
al "furor" de Cien años de soledad
Primera parte
Capítulo 5
Melquíades y los pergaminos del palimpsesto de Cien años de soledad
Esta es la descripción que hace Gabriel García Márquez de Melquíades en Cien años de soledad:
"Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos". (CAS: p. 105).
Por asombroso que pueda parecer, esa descripción se corresponde exactamente con la del rostro de Malcolm Lowry en cualquiera de sus fotografías. Una sola mirada mostrará que son como dos gotas de agua, en particular, los ojos rasgados, asiáticos, de Malcolm Lowry. Además, cuervo y zopilote son dos nombres para una misma especie de ave. ¿Coincidencias?, no lo creo.
¡Melquíades es Malcolm Lowry! El hombre de la mirada asiática:

En este contexto y como ya lo demostré antes, Gabriel García Márquez es el zopilote asentado sobre el hombro de Malcolm Lowry que lo mira mientras escribe y, quien, por el proceso de su alquimia literaria, será transmutado en "el águila de Prometeo".
Hay que decir que lo que Gabriel García Márquez lee y descifra "asentado en el hombro" de Malcolm Lowry, es Bajo el volcán, las cartas de Malcolm Lowry y la semblanza biográfica de Conrad Knickerbocker, esos son los pergaminos que se transponen y superponen dentro de Cien años de soledad para que sean descifrados los pergaminos con las profecías de Melquíades, por parte de aquellos Buendía que se empeñan en ello.
Ese es el proceso de transmutación alquímico literario mediante el cual Gabriel García Márquez se transmuta a sí mismo y a la materia lowryana en precioso metal macondino.
Con el personaje de Melquíades, Gabriel García Márquez no sólo crea uno de los personajes más portentosos de la literatura universal, a la misma altura de don Quijote y Sancho, sino que también hace el mayor homenaje y reconocimiento que cualquier escritor haya realizado al escritor y la obra a partir de los cuales se inspiró para escribir su Opus Magnum.
En el capítulo anterior demostré las conexiones y correspondencias que unen, en simpatía alquímica, "magia natural" y "furor" de la imaginación, a Malcolm Lowry, Bajo el volcán y sus cartas, con Gabriel García Márquez y su escritura de Cien años de soledad.
Ahora procederé a establecer la comparación entre Malcolm Lowry y Melquíades, sus biografías y descripciones tanto en Bajo el volcán como en Cien Años de soledad.
Las primeras conexiones y correspondencias se establecen en el hecho de que Malcolm Lowry también había escrito y descifrado unos pergaminos en Bajo el volcán.
Los pergaminos de Malcolm Lowry son, simultáneamente, el libro de teatro isabelino en cuya cubierta de cuero marrón está labrada una figura dorada y las dos hojas manuscritas de la carta no enviada a Yvonne por el Cónsul y que estaban dentro del libro. Son muchos otros los libros de el Cónsul, pero ninguno tan primordial como ese del teatro isabelino.
Hay que recordar que en el período isabelino se sucedió la producción de las más extrañas, asombrosas y "mágicas", obras de teatro: Shakespeare, Marlowe, Johnson, un teatro de iguales y hasta de superiores cualidades y características a las del teatro clásico griego.
La historia del libro del teatro isabelino del Cónsul y de esas dos hojas manuscritas, es contada en el capítulo I de Bajo el volcán y con esos materiales se establece el marco trágico de la historia que se va a contar, por una parte, por la conexión y correspondencias con el Fausto, de Marlowe y por la otra, con esas dos hojas manuscritas, en una especie de papel delgado como pergamino transparente, en las que el Cónsul escribió un año atrás las profecías de su tragedia.
La caligrafía del Cónsul en esas dos hojas de la carta, así como los signos y símbolos de algunas de sus letras, de los que M. Laruelle hace su propia interpretación, tienen su conexión y correspondencias en Cien años de soledad.
Esto es lo que escribe Malcolm Lowry:
"En realidad eran dos hojas de papel carta de una delgadez infrecuente que habían sido prensadas en el libro, largas aunque estrechas y atestadas de una caligrafía a lápiz por ambos lados y sin margen alguno. A primera vista no parecía tratarse de una carta. Pero no había equívoco aun en la luz parpadeante, era la escritura, a medias intrincada, a medias amplia y del todo ebria, del Cónsul: las "e" griegas, los arbotantes de las "d", las "t" como cruces solitarias a orillas de los caminos salvo cuando crucificaban toda una palabra, las palabras mismas en agudo declive y hacia abajo, aunque los rasgos individuales parecían resistirse al descenso y subían vigorosos, en dirección contraria" (BV: cap. I, pp. 56-57).
Una lectura e interpretación equivalentes y correspondientes, es realizada por José Arcadio Segundo en los pergaminos de Melquíades:
"José Arcadio Segundo había logrado además clasificar las letras crípticas de los pergaminos. Estaba seguro de que correspondían a un alfabeto de cuarenta y siete a cincuenta y tres caracteres, que separados parecían arañitas y garrapatas, y que en la primorosa caligrafía de Melquíades parecían piezas de ropa puesta a secar en un alambre. Aureliano recordaba haber visto una tabla semejante en la enciclopedia inglesa, así que la llevó al cuarto para compararla con la de José Arcadio Segundo. Eran iguales, en efecto" (CAS: pp. 396-397).
Los escritores de estos pergaminos son:
El Cónsul quien, en un aparte de "su pergamino", la carta que escribe para Yvonne, se describe en su labor de escritor:
"Mientras tanto, ¿me imaginas todavía trabajando en el libro, intentando aún responder a preguntas tales como: ¿existe una realidad última, externa, consciente y omnipresente, etc., etc., que pueda ser comprendida por cualesquiera medios aceptables a todos los credos y religiones, y que pueda adaptarse a todos los climas y países?" (BV: cap. I, p. 61).
La equivalencia en Cien años de soledad se da en que Melquíades, el gitano errante que escribe con manos adornadas por sortijas doradas ya opacas, es descrito así:
"Melquíades profundizó en las interpretaciones de Nostradamus. Estaba hasta muy tarde, asfixiándose dentro de su descolorido chaleco de terciopelo, garrapateando papeles con sus minúsculas manos de gorrión, cuyas sortijas habían perdido la lumbre de otra época. Una noche creyó encontrar una predicción sobre el futuro de Macondo. Sería una ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no quedaba ningún rastro de la estirpe de los Buendía. «Es una equivocación -tronó José Arcadio Buendía-" (CAS: p. 67).
Dos escritores de ficción que, además de compartir el aspecto físico, se identifican por las mismas características obsesivas en sus escrituras. Melquíades que escribía sus pergaminos con la misma obsesión que Malcolm Lowry sus versiones de Bajo el volcán y que se conectan y corresponden de acuerdo con las descripciones de Gabriel García Márquez y Malcolm Lowry que ya cité en el capítulo 3.
Para abundar en conexiones y correspondencias sobre Melquíades y sobre Malcolm Lowry, para ambos, la labor de escribir ejerce un poderoso influjo y exige una total concentración en el trabajo.
De retorno al origen, este es el Malcolm Lowry que describe Conrad Knickerbocker:
"Con las furias bajo control, se asentó en la Columbia Británica, aplicándose a elaborar y pulir la novela, con diversas incursiones en Lunar Caustic, en Ballast, y en poesía. A veces le resultaba tan difícil la escritura que llegaba a gemir en voz alta, pero seguía avanzando, escribiendo casi siempre con letra grande sobre cualquier cosa que tuviese a mano: sobres viejos, blocs, al dorso de otros manuscritos, e incluso en las "cartas" de los restaurantes" (2).
Este es Melquíades en Cien años de soledad:
"El nuevo lugar pareció agradar a Melquíades, porque no volvió a vérsele ni siquiera en el comedor. Sólo iba al taller de Aureliano, donde pasaba horas y horas garabateando su literatura enigmática en los pergaminos que llevó consigo y que parecían fabricados en una materia árida que se resquebrajaba como hojaldres" (CAS: p. 88).
Los pergaminos del Cónsul y los de Melquíades son los palimpsestos sobre los que se escribieron Bajo el volcán y Cien años de soledad y su importancia es tal que bien merecen un estudio crítico en profundidad, lo que no es del caso ahora.
Que quede asentado que, para lo que estoy demostrando, es a través de la mediación de esos pergaminos que se conectan y corresponden, evidentemente, la novela de Malcolm Lowry con la forma de asumir Gabriel García Márquez la vida y la obra de Lowry al crear al personaje de Melquíades y escribir Cien años de soledad.
Por eso es necesario realizar otra verificación, la de las conexiones y correspondencias entre las biografías de Malcolm Lowry y la biografía que se le atribuye a Melquíades en Cien años de soledad.
De acuerdo con la semblanza biográfica de Conrad Knickerbocker, la primera errancia de Malcolm Lowry como grumete de un barco mercante, la realizó en 1927, a los dieciocho años:
"Y en el viaje tuvo la penitencia: Singapur, Shangai, Kowlon, Penang: un cañoneo en el que resultó herido en una pierna; incipientes y gloriosos copeos en las tabernas del puerto de Yokohama; una tormenta, llevando a bordo un cargamento de serpientes, panteras, un jabalí y una elefanta. Más de veinte años después, en las frondosas sombras de los jardines Borghese, creyó encontrar de nuevo a la elefanta, porque ésta le saludó con la misma solemnidad con que solía hacerlo aquella a bordo, "tocándose" la cabeza con un manojo de heno que tomaba con la trompa. Estas cosas le encantaban; este tipo de coincidencias, de misterios, de correlaciones, de signos, y de prodigios numerológicos. Surcó muy anchos mares para hallar lo que pudiese haber de verdad en las relaciones en las que creía. ¿Era el arte como la vida? ¿Había, en ambos, lugar para él? Tenía que averiguarlo" (3)
La mayor parte de las otras errancias y oficios de Lowry son de similar tono a esta primera, por lo que no es aventurado pensar que la descripción que hace Gabriel García Márquez de la biografía de Melquíades, sea la proyección macondina de esa semblanza biográfica.
Este es el Melquíades, gitano errante, de Cien años de soledad:
"Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes" (CAS: p. 14).
Es Melquíades / Malcolm Lowry quien le regala al "aprendiz de brujo" un laboratorio de alquimia con el cual emprender la transmutación de la materia y la realización de la piedra filosofal:
"Toda la aldea estaba convencida de que José Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia" (CAS: p. 13).
Son numerosos los reconocimientos herméticos, metafóricos, alegóricos, analógicos, que ofrece Gabriel García Márquez al maestro alquimista Malcolm Lowry mediante el personaje de Melquíades. Uno de tales reconocimientos y bastante significativo, es el que puede interpretarse de cuando Melquíades, "el mago y hechicero", lo cura de sus olvidos, al igual que hizo con José Arcadio Buendía y los habitantes de Macondo, al curarlos de la peste del olvido.
Otro portento similar se produce cuando al último Aureliano, al fin, se le revelaron las claves definitivas de Melquíades en los pergaminos:
"No porque lo hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades, y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres: El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas.
Aureliano no había sido más lúcido en ningún acto de su vida que cuando olvidó sus muertos y el dolor de sus muertos, y volvió a clavar las puertas y las ventanas con las crucetas de Fernanda para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos, entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación.
La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias.
La protección final, que Aureliano empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por el amor de Amaranta Úrsula, radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante. Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las predicciones de su ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el origen de dos gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no sólo por incapacidad e inconstancia, sino porque sus tentativas eran prematuras. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces." (CAS:pp. 469-470).
Porque también había llegado el momento para que Gabriel García Márquez, no sólo descifrara los pergaminos, sino de emprender la escritura de su propio Opus Magnun, revelar su propio proceso de transmutación y la realización de su propia piedra filosofal, tal y como lo revelaré, paso a paso, más adelante.
Y, porque también había vislumbrado los secretos de las escrituras de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ramón María del Valle-Inclán. Pero ese es otro asunto.
Según el discurso de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez:
"[...] echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto": Cien años de soledad.
El relato del último Aureliano descifrando los pergaminos de Melquíades, es la transposición o superposición macondina de cómo Gabriel García Márquez "se sentó a escribir": Cien años de soledad.
Al final y para mi dicha, he solucionado el enigma y he demostrado la respuesta a mi pregunta:
¿Quién es el personaje real y concreto que inspiró al personaje de Melquíades en Cien años de soledad?:
¡Sí! ¡Era Malcolm Lowry!
No podía ser otro. Era un homenaje codificado, casi anagramático, a Malcolm Lowry, en cuya novela, Bajo el volcán y en sus cartas y en la semblanza biográfica, se encuentran inscritos, no escritos, los pergaminos que profetizan la genealogía de los Buendía, la historia de Macondo y la escritura de Cien años de soledad.
Demostré también que, aquellos Buendía que se empeñan en descifrar los pergaminos de Melquíades, son quienes encarnan la descripción del proceso de alquimia literaria al que se sometió Gabriel García Márquez, en las distintas épocas de su vida, para alcanzar el estado de “furor” y “magia” de su escritura.
Que, Gabriel García Márquez siguió las indicaciones del maestro Malcolm Lowry y, como zopilote asentado en su hombro, leyó los pergaminos de Bajo el volcán y las cartas y la semblanza, y se transmutó en "el águila de Prometeo", le robó el fuego a los dioses y emergió de las cenizas como Ave Fenix.
La historia de ese proceso de lectura, de transmutación, de escritura y de la fabricación de su propia piedra filosofal literaria, es narrada por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, en especial, al narrar las labores que aquellos Buendía realizaron en el laboratorio de alquimia... literaria que le regaló Melquíades al patriarca José Arcadio y en el proceso de descifrar las herméticas claves de las profecías escritas en los pergaminos.
En este punto y hora, me siento como el último Aureliano.
Desde las propias páginas de Cien años de soledad voy a tratar de reconstruir la parte sustancial de esa historia, contrastada con las fuentes que, sobre Malcolm Lowry, la corroboran. Eso será en el siguiente capítulo.
NOTAS
(1) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 8.
(2) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 11.
(3) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 8.
al "furor" de Cien años de soledad
Primera parte
Capítulo 5
Melquíades y los pergaminos del palimpsesto de Cien años de soledad
Esta es la descripción que hace Gabriel García Márquez de Melquíades en Cien años de soledad:
"Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos". (CAS: p. 105).
Por asombroso que pueda parecer, esa descripción se corresponde exactamente con la del rostro de Malcolm Lowry en cualquiera de sus fotografías. Una sola mirada mostrará que son como dos gotas de agua, en particular, los ojos rasgados, asiáticos, de Malcolm Lowry. Además, cuervo y zopilote son dos nombres para una misma especie de ave. ¿Coincidencias?, no lo creo.
¡Melquíades es Malcolm Lowry! El hombre de la mirada asiática:

En este contexto y como ya lo demostré antes, Gabriel García Márquez es el zopilote asentado sobre el hombro de Malcolm Lowry que lo mira mientras escribe y, quien, por el proceso de su alquimia literaria, será transmutado en "el águila de Prometeo".
Hay que decir que lo que Gabriel García Márquez lee y descifra "asentado en el hombro" de Malcolm Lowry, es Bajo el volcán, las cartas de Malcolm Lowry y la semblanza biográfica de Conrad Knickerbocker, esos son los pergaminos que se transponen y superponen dentro de Cien años de soledad para que sean descifrados los pergaminos con las profecías de Melquíades, por parte de aquellos Buendía que se empeñan en ello.
Ese es el proceso de transmutación alquímico literario mediante el cual Gabriel García Márquez se transmuta a sí mismo y a la materia lowryana en precioso metal macondino.
Con el personaje de Melquíades, Gabriel García Márquez no sólo crea uno de los personajes más portentosos de la literatura universal, a la misma altura de don Quijote y Sancho, sino que también hace el mayor homenaje y reconocimiento que cualquier escritor haya realizado al escritor y la obra a partir de los cuales se inspiró para escribir su Opus Magnum.
En el capítulo anterior demostré las conexiones y correspondencias que unen, en simpatía alquímica, "magia natural" y "furor" de la imaginación, a Malcolm Lowry, Bajo el volcán y sus cartas, con Gabriel García Márquez y su escritura de Cien años de soledad.
Ahora procederé a establecer la comparación entre Malcolm Lowry y Melquíades, sus biografías y descripciones tanto en Bajo el volcán como en Cien Años de soledad.
Las primeras conexiones y correspondencias se establecen en el hecho de que Malcolm Lowry también había escrito y descifrado unos pergaminos en Bajo el volcán.
Los pergaminos de Malcolm Lowry son, simultáneamente, el libro de teatro isabelino en cuya cubierta de cuero marrón está labrada una figura dorada y las dos hojas manuscritas de la carta no enviada a Yvonne por el Cónsul y que estaban dentro del libro. Son muchos otros los libros de el Cónsul, pero ninguno tan primordial como ese del teatro isabelino.
Hay que recordar que en el período isabelino se sucedió la producción de las más extrañas, asombrosas y "mágicas", obras de teatro: Shakespeare, Marlowe, Johnson, un teatro de iguales y hasta de superiores cualidades y características a las del teatro clásico griego.
La historia del libro del teatro isabelino del Cónsul y de esas dos hojas manuscritas, es contada en el capítulo I de Bajo el volcán y con esos materiales se establece el marco trágico de la historia que se va a contar, por una parte, por la conexión y correspondencias con el Fausto, de Marlowe y por la otra, con esas dos hojas manuscritas, en una especie de papel delgado como pergamino transparente, en las que el Cónsul escribió un año atrás las profecías de su tragedia.
La caligrafía del Cónsul en esas dos hojas de la carta, así como los signos y símbolos de algunas de sus letras, de los que M. Laruelle hace su propia interpretación, tienen su conexión y correspondencias en Cien años de soledad.
Esto es lo que escribe Malcolm Lowry:
"En realidad eran dos hojas de papel carta de una delgadez infrecuente que habían sido prensadas en el libro, largas aunque estrechas y atestadas de una caligrafía a lápiz por ambos lados y sin margen alguno. A primera vista no parecía tratarse de una carta. Pero no había equívoco aun en la luz parpadeante, era la escritura, a medias intrincada, a medias amplia y del todo ebria, del Cónsul: las "e" griegas, los arbotantes de las "d", las "t" como cruces solitarias a orillas de los caminos salvo cuando crucificaban toda una palabra, las palabras mismas en agudo declive y hacia abajo, aunque los rasgos individuales parecían resistirse al descenso y subían vigorosos, en dirección contraria" (BV: cap. I, pp. 56-57).
Una lectura e interpretación equivalentes y correspondientes, es realizada por José Arcadio Segundo en los pergaminos de Melquíades:
"José Arcadio Segundo había logrado además clasificar las letras crípticas de los pergaminos. Estaba seguro de que correspondían a un alfabeto de cuarenta y siete a cincuenta y tres caracteres, que separados parecían arañitas y garrapatas, y que en la primorosa caligrafía de Melquíades parecían piezas de ropa puesta a secar en un alambre. Aureliano recordaba haber visto una tabla semejante en la enciclopedia inglesa, así que la llevó al cuarto para compararla con la de José Arcadio Segundo. Eran iguales, en efecto" (CAS: pp. 396-397).
Los escritores de estos pergaminos son:
El Cónsul quien, en un aparte de "su pergamino", la carta que escribe para Yvonne, se describe en su labor de escritor:
"Mientras tanto, ¿me imaginas todavía trabajando en el libro, intentando aún responder a preguntas tales como: ¿existe una realidad última, externa, consciente y omnipresente, etc., etc., que pueda ser comprendida por cualesquiera medios aceptables a todos los credos y religiones, y que pueda adaptarse a todos los climas y países?" (BV: cap. I, p. 61).
La equivalencia en Cien años de soledad se da en que Melquíades, el gitano errante que escribe con manos adornadas por sortijas doradas ya opacas, es descrito así:
"Melquíades profundizó en las interpretaciones de Nostradamus. Estaba hasta muy tarde, asfixiándose dentro de su descolorido chaleco de terciopelo, garrapateando papeles con sus minúsculas manos de gorrión, cuyas sortijas habían perdido la lumbre de otra época. Una noche creyó encontrar una predicción sobre el futuro de Macondo. Sería una ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no quedaba ningún rastro de la estirpe de los Buendía. «Es una equivocación -tronó José Arcadio Buendía-" (CAS: p. 67).
Dos escritores de ficción que, además de compartir el aspecto físico, se identifican por las mismas características obsesivas en sus escrituras. Melquíades que escribía sus pergaminos con la misma obsesión que Malcolm Lowry sus versiones de Bajo el volcán y que se conectan y corresponden de acuerdo con las descripciones de Gabriel García Márquez y Malcolm Lowry que ya cité en el capítulo 3.
Para abundar en conexiones y correspondencias sobre Melquíades y sobre Malcolm Lowry, para ambos, la labor de escribir ejerce un poderoso influjo y exige una total concentración en el trabajo.
De retorno al origen, este es el Malcolm Lowry que describe Conrad Knickerbocker:
"Con las furias bajo control, se asentó en la Columbia Británica, aplicándose a elaborar y pulir la novela, con diversas incursiones en Lunar Caustic, en Ballast, y en poesía. A veces le resultaba tan difícil la escritura que llegaba a gemir en voz alta, pero seguía avanzando, escribiendo casi siempre con letra grande sobre cualquier cosa que tuviese a mano: sobres viejos, blocs, al dorso de otros manuscritos, e incluso en las "cartas" de los restaurantes" (2).
Este es Melquíades en Cien años de soledad:
"El nuevo lugar pareció agradar a Melquíades, porque no volvió a vérsele ni siquiera en el comedor. Sólo iba al taller de Aureliano, donde pasaba horas y horas garabateando su literatura enigmática en los pergaminos que llevó consigo y que parecían fabricados en una materia árida que se resquebrajaba como hojaldres" (CAS: p. 88).
Los pergaminos del Cónsul y los de Melquíades son los palimpsestos sobre los que se escribieron Bajo el volcán y Cien años de soledad y su importancia es tal que bien merecen un estudio crítico en profundidad, lo que no es del caso ahora.
Que quede asentado que, para lo que estoy demostrando, es a través de la mediación de esos pergaminos que se conectan y corresponden, evidentemente, la novela de Malcolm Lowry con la forma de asumir Gabriel García Márquez la vida y la obra de Lowry al crear al personaje de Melquíades y escribir Cien años de soledad.
Por eso es necesario realizar otra verificación, la de las conexiones y correspondencias entre las biografías de Malcolm Lowry y la biografía que se le atribuye a Melquíades en Cien años de soledad.
De acuerdo con la semblanza biográfica de Conrad Knickerbocker, la primera errancia de Malcolm Lowry como grumete de un barco mercante, la realizó en 1927, a los dieciocho años:
"Y en el viaje tuvo la penitencia: Singapur, Shangai, Kowlon, Penang: un cañoneo en el que resultó herido en una pierna; incipientes y gloriosos copeos en las tabernas del puerto de Yokohama; una tormenta, llevando a bordo un cargamento de serpientes, panteras, un jabalí y una elefanta. Más de veinte años después, en las frondosas sombras de los jardines Borghese, creyó encontrar de nuevo a la elefanta, porque ésta le saludó con la misma solemnidad con que solía hacerlo aquella a bordo, "tocándose" la cabeza con un manojo de heno que tomaba con la trompa. Estas cosas le encantaban; este tipo de coincidencias, de misterios, de correlaciones, de signos, y de prodigios numerológicos. Surcó muy anchos mares para hallar lo que pudiese haber de verdad en las relaciones en las que creía. ¿Era el arte como la vida? ¿Había, en ambos, lugar para él? Tenía que averiguarlo" (3)
La mayor parte de las otras errancias y oficios de Lowry son de similar tono a esta primera, por lo que no es aventurado pensar que la descripción que hace Gabriel García Márquez de la biografía de Melquíades, sea la proyección macondina de esa semblanza biográfica.
Este es el Melquíades, gitano errante, de Cien años de soledad:
"Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes" (CAS: p. 14).
Es Melquíades / Malcolm Lowry quien le regala al "aprendiz de brujo" un laboratorio de alquimia con el cual emprender la transmutación de la materia y la realización de la piedra filosofal:
"Toda la aldea estaba convencida de que José Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia" (CAS: p. 13).
Son numerosos los reconocimientos herméticos, metafóricos, alegóricos, analógicos, que ofrece Gabriel García Márquez al maestro alquimista Malcolm Lowry mediante el personaje de Melquíades. Uno de tales reconocimientos y bastante significativo, es el que puede interpretarse de cuando Melquíades, "el mago y hechicero", lo cura de sus olvidos, al igual que hizo con José Arcadio Buendía y los habitantes de Macondo, al curarlos de la peste del olvido.
Otro portento similar se produce cuando al último Aureliano, al fin, se le revelaron las claves definitivas de Melquíades en los pergaminos:
"No porque lo hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades, y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres: El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas.
Aureliano no había sido más lúcido en ningún acto de su vida que cuando olvidó sus muertos y el dolor de sus muertos, y volvió a clavar las puertas y las ventanas con las crucetas de Fernanda para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos, entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación.
La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias.
La protección final, que Aureliano empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por el amor de Amaranta Úrsula, radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante. Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las predicciones de su ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el origen de dos gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no sólo por incapacidad e inconstancia, sino porque sus tentativas eran prematuras. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces." (CAS:pp. 469-470).
Porque también había llegado el momento para que Gabriel García Márquez, no sólo descifrara los pergaminos, sino de emprender la escritura de su propio Opus Magnun, revelar su propio proceso de transmutación y la realización de su propia piedra filosofal, tal y como lo revelaré, paso a paso, más adelante.
Y, porque también había vislumbrado los secretos de las escrituras de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ramón María del Valle-Inclán. Pero ese es otro asunto.
Según el discurso de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez:
"[...] echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto": Cien años de soledad.
El relato del último Aureliano descifrando los pergaminos de Melquíades, es la transposición o superposición macondina de cómo Gabriel García Márquez "se sentó a escribir": Cien años de soledad.
Al final y para mi dicha, he solucionado el enigma y he demostrado la respuesta a mi pregunta:
¿Quién es el personaje real y concreto que inspiró al personaje de Melquíades en Cien años de soledad?:
¡Sí! ¡Era Malcolm Lowry!
No podía ser otro. Era un homenaje codificado, casi anagramático, a Malcolm Lowry, en cuya novela, Bajo el volcán y en sus cartas y en la semblanza biográfica, se encuentran inscritos, no escritos, los pergaminos que profetizan la genealogía de los Buendía, la historia de Macondo y la escritura de Cien años de soledad.
Demostré también que, aquellos Buendía que se empeñan en descifrar los pergaminos de Melquíades, son quienes encarnan la descripción del proceso de alquimia literaria al que se sometió Gabriel García Márquez, en las distintas épocas de su vida, para alcanzar el estado de “furor” y “magia” de su escritura.
Que, Gabriel García Márquez siguió las indicaciones del maestro Malcolm Lowry y, como zopilote asentado en su hombro, leyó los pergaminos de Bajo el volcán y las cartas y la semblanza, y se transmutó en "el águila de Prometeo", le robó el fuego a los dioses y emergió de las cenizas como Ave Fenix.
La historia de ese proceso de lectura, de transmutación, de escritura y de la fabricación de su propia piedra filosofal literaria, es narrada por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, en especial, al narrar las labores que aquellos Buendía realizaron en el laboratorio de alquimia... literaria que le regaló Melquíades al patriarca José Arcadio y en el proceso de descifrar las herméticas claves de las profecías escritas en los pergaminos.
En este punto y hora, me siento como el último Aureliano.
Desde las propias páginas de Cien años de soledad voy a tratar de reconstruir la parte sustancial de esa historia, contrastada con las fuentes que, sobre Malcolm Lowry, la corroboran. Eso será en el siguiente capítulo.
NOTAS
(1) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 8.
(2) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 11.
(3) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, Barcelona, No. 53, p. 8.
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